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viernes, 24 de diciembre de 2010

HOY TOCA LEER Y POR TANTO, NO PONGO FOTO

PRESENTACIÓN DEL LIBRO “LÁMPARAS DE SEGURIDAD”
DE ALBERTO VILELA CAMPO

Casa de la Cultura, Mieres (16/12/2010)




Considero obligado afirmar, en el inicio de esta presentación, que Alberto Vilela es el autor más prolífico, en los últimos años, sobre la historia de la minería asturiana. Como a continuación justificaré, este hecho es tanto más valorable cuando esta temática, nuestra minería, está siendo abandonada a su triste suerte en el campo histórico-literario, defendida únicamente por un irreductible grupo de amantes de nuestro patrimonio minero que, en cualquier parte del globo, recibiría el impulso y ayuda que tan rico e interesante legado merece, antes que el tiempo y la desidia lo deshaga en nuestros brazos.

Hoy nos reunimos para celebrar la aparición del tercer volumen (“Lámparas de seguridad”) de su trilogía “Luces en las minas de Asturias”; hace un año, aproximadamente lo hacíamos con su “Lámparas de sapo”. Y en menos de cinco años ha cubierto el estudio y exposición del lampadario asturiano. Pero su aportación a la literatura minera asturiana no se reduce únicamente a este campo. Su trabajo de investigación en el archivo de la RCAM, le ha permitido estudiar las relaciones comerciales, venta de carbones, de esta sociedad y los principales consumidores españoles de hulla de mediados del siglo XIX; resultado de este examen han sido el libro, ya publicado, “Avilés: Carbón y Veleros” y los dos inéditos, “Las Reales Fábricas de Sargadelos y la RCAM” y “Carbón para Adra, Cádiz, Málaga y Sevilla”. Por si este bagaje fuese escaso, a todo lo anterior ha de añadirse una biografía, en permanente estado de revisión, sobre el ingeniero de minas gijonés Gumersindo Junquera - al que accedió según revela en el libro que hoy se presenta, al conocer una novedosa lámpara de seguridad por él desarrollada-, personaje de amplia trayectoria vital, variado espectro de conocimientos y saberes, intensa actividad, promotor de diversas empresas comerciales e industriales y “factotum” en la vida y desarrollo del Gijón de la primeras décadas del siglo pasado.

De este prolijo e intenso trabajo saben mucho los archivos, bibliotecas y museos de toda España. Vilela ha invertido muchas horas de su vida en la apasionada recogida, almacenamiento y ordenación de numerosos datos dispersos en las instituciones asturianas, y de todo el país, para poder dar a la imprenta sus documentados y bellos libros. Su trabajo de investigación y elaboración posterior es verdaderamente admirable, digno de todo tipo de alabanzas.

En la contraportada del libro que hoy se presenta, trato, en breve texto, de argumentar la importancia de la lámpara para el minero. En él quiero expresar la antinomía día-noche (luz-oscuridad) y la necesidad de los hombres, desde el comienzo de la vida, de vencer las tinieblas (la noche eterna), asociadas por esencia y la propia condición humana a los males del universo. (Permítaseme, al hilo de lo anterior, una breve reflexión: es llamativo, sin embargo, que se suela asemejar el infierno al fuego eterno, a la luz llevada a su más extrema condición, ¡curiosa contradicción!).

Los asertos anteriores han sido siempre campo abonado de la poesía y manifestación inveterada del estro poético. En el escrito antedicho, busqué un broche adecuado con unos versos de Alberti - “Accedo con la luz, soy un activo/ cómplice de la luz sobre la sombra”- que, en mi criterio, venían como anillo al dedo en refrendo de lo allí expresado. Ahora, para reforzar lo precedente he realizado una breve incursión por la poesía y la canción (música en una palabra) que conforman la expresión más propia, neta y lata de los seres humanos.

Inicio, pues, con un poema de Dámaso Alonso (“Eternidad”) que refleja exactamente el antagonismo vida-muerte a través de la dicotomía entre el día y la sombra. Dice así:

“Hoy día puro, me asome a la muerte.
La vida dormitaba
Y el cielo estaba absorto, ensimismado
en tus pupilas, alma.
- ¡Llega la sombra, llega!- me decían.
Y la sombra pesada
pasó con su balumba atronadora
como un turbión, como una cosa mala.
Pasó.
…………………….”.

Mas continuemos con mis razonamientos, volvamos a la cuestión principal. Si en algún lugar las luminarias son obligatoriamente necesarias es en la mina. En ella, la negrura total, sin resquicios ni grietas, impide la más mínima visión, la pérdida de la capacidad visual, exacerbando el resto de las posibilidades sensoriales. El espíritu se siente embargado por una oleada de solitud, en el que las campanadas que marcan el peso del tiempo resuenan con clamorosa intensidad, y el sentido último de la vida se manifiesta en su máxima dimensión.

Y en esta situación, la lámpara minera (la luz que horada las tinieblas) es la compañera real -fiel, sufrida y solidaria- del minero.

La sensibilidad mediterránea ha sabido recoger con fidelidad algunas de estas impresiones y sentimientos. De los “cantes de la minas” entresaco algunas notas, algunos arpegios que refrenden lo dicho.

Así sobre la noche minera:

“Tan negras como la noche
se extienden las galerías
…………………………

O este otro sobre la misma cuestión:

Minero
cuando estás bajo tierra
¿sientes nostalgia del cielo?
¡siento!
…………………………

O el siguiente cantar, debido a Joaquín Paredes, que relaciona noche y muerte:

“ Las entrañas de la mina
son profundas y sombrías
y la muerte ronda siempre
por todas las galerías
…………………………..
Y no tiene solución
que en mi trabajo los días,
no son días, que noche son.

La lámpara, la necesaria compañía, es motivo de la siguiente reflexión:

¡Que solo me encuentro aquí!
que se me ha apagado el candil
y no encuentro la salida
………………………

O los siguientes versos en los que el candil se convierte en único compañero:

¡Ay! En que soledad me encuentro
en mi compaña un candil
y mi compañero muerto.

En el cancionero asturiano, al contrario, no he conseguido encontrar en mi indagación muestra abundante de estos aspectos tan bien expresado en el canto minero andaluz.

Una única referencia explícita en “La mina y el mar”, del malogrado langreano José León Delestal:

“………………………
Probe d´aquel mineru
que muere siempre solu
ena oscuridad.
……………………….”

Y otra tácita, al menos velada, en “Si yo fuera picador”

“……………………….
Echaste a andar el reloj
la lámpara fue encendida
y bocamina adelante
subiste a la sobreguía,
con el alba a las espaldas
y la noche en las pupilas
………………………..”

Nuestro cancionero, a lo que conozco, es mucho más prosaico, con un sentido menos trascendente de la actividad del minero y del uso de la lámpara. No obstante creo obligado resaltar dos aspectos que, en él, se dan de modo patente.

El primero atañe a la consideración que, desde el inicio de la minería en nuestras cuencas, el minero presta a su lámpara, tan importante en su quehacer como el “hachu” y la “regaera picona“, herramental indispensable en su trabajo, tal como se considera en “La Pipiona”:

“Con el hachu y el candil
y la regaera picona,
va el miu Pachu a trabajar
el lunes a la Pipiona
……………………”

El segundo aspecto a reseñar es la importancia de la lámpara como componente patrimonial de la casa minera y vínculo de tradición entre las familias. Hasta la necesaria aparición de las lampisterías a boca mina, el candil, o la lámpara, fueron bienes preferentes en el hogar minero, donde se rendía la admiración y el respeto que el herramental del cabeza de familia merecía. Representaba, además, la conexión entre generaciones, convertida en el oráculo de la tradición laboral de la familia minera.

En la canción “Si yo fuera picador” se recuerda esta tradición minera, en unos versos que no me resisto a trasmitir íntegros, como colofón de este apartado:


………………………
“De tu padre entibador
la herencia fue exigua;
una lámpara apagada
las huellas de una caricia
y un reloj que aún marcaba
las cinco y media del día
en que el grisú vino al tajo
hambriento de carne viva”
………………………

Al publicar su primer libro (2005), Vilela trató de plasmar una visión caleidoscópica del micromundo del lampadario minero. A este fin efectúa una breve recensión histórica del tema, abarcando la mayoría de la lamparería utilizada en la minería europea, aún siendo obligado decir que con un vector dirigido primordialmente a la minería asturiana. En el desarrollo investigatorio adquirió conciencia de la necesidad de ampliar aquel trabajo primario con la ejecución de dos nuevos libros -integrados todos ellos bajo el título generalizador de “Luces en las minas de Asturias”-, que abarcasen, siguiendo un orden cronológico, racional al caso, los “Candiles de sapo” y “Lámparas de seguridad”, el que hoy se presenta. El criterio generalista seguido por el autor en el primer volumen no planteó problemas en la redacción del segundo mas sí en el actual, al yuxtaponerse la amplia referencia al lampadario de seguridad expuesto en aquel con la necesidad del tratamiento exclusivo que exigía el actual. Vilela, al objeto de no reiterarse, ha utilizado una solución inteligente. Ha sustituido la descripción de las lámparas de llama aislada más significativas, ya explicitadas en el primer texto, por las experiencias seguidas por sus inventores para su consecución. Esta aportación, se enriquece con la descripción y visión crítica de las mismas de tres profesores de Laboreo de minas de la Escuela de Capataces Facultativos de Mieres (Mateo Marlasca, Gil Maestre y García Álvarez), en un periplo que incluye desde el inicio desarrollista de la explotación de la hulla asturiana, con la obra del primero, hasta el declinar inexorable de la lámpara de llama, sustituida pocos años después por la eléctrica. Esta inclusión engalana, en mi criterio, la obra al dar conocimiento de las consideraciones al respecto de usufructuarios calificados y de visión técnica significada, a la vez que refuerza la vertiente asturiana del libro.

En el núcleo fundamental del libro, expuesto a continuación, se consideran, con amplitud suficiente, las diversas empresas dedicadas a la fabricación de lámparas de seguridad en España, las sociedades comercializadoras en el país y la introducción y uso de los diversos tipos en la minería asturiana. En los cuatro densos capítulos que dedica a estas cuestiones, tendrá atención destacada para la firma Adaro, empresa puntera en el ámbito español de este tipo de productos, de cuyas fabricaciones de lamparería efectuará un exhaustivo estudio.

En este apartado merece resaltarse que la investigación efectuada por el autor permite conocer la actividad creadora, la sobresaliente participación, no signada por el éxito comercial, de tres personas (dos profesores y un exalumno) afectos a la Escuela de Mieres, faro indiscutible del devenir minero asturiano durante un siglo. La recuperación de las memorias de las patentes de fabricación, realizada por Vilela, nos permite conocer los trabajos efectuados por los tres señalados y los ingenieros Manuel López Dóriga (1904) y Luis Adaro Porcel (1919). Sin menoscabo de estos últimos, quisiera referirme brevemente a la labor de las tres personas no identificadas hasta el momento (la razón, obviamente, es que estamos en Mieres y parece convincente que nuestros conciudadanos tengan noticia de la historia de su pueblo).

El primero de ellos, Víctor Delgado, Capataz de MH y M, titulado en 1891, trabajó en mina Mariana de Fábrica de Mieres, emigrando a México al comienzo de la segunda década del siglo XX, donde he perdido su camino posterior. En 1904, registró una patente, bajo la denominación de “Proyecto de lámpara de seguridad con nuevo cierre”, cuyo objeto era evitar la apertura por el minero de su lámpara en la explotación, causa de numerosos accidentes. La solución adoptada era bastante compleja y de costosa fabricación; parece que no llegó a comercializarse, aunque es posible que el cierre se aplicase a algunas lámparas.

Gumersindo Junquera, ya citado anteriormente, fue profesor de la Escuela de Capataces Facultativos de Mieres, durante cuatro décadas y Subdirector del centro desde 1935 a 1943. En 1904, siendo Director gerente de Aleaciones y Manufacturas Metálicas, precedente inmediato de Adaro, presentó para su aprobación en el Registro de Patentes, la memoria de una lámpara de seguridad con un cierre secreto que impedía su apertura salvo que se conociese la clave, lo que entrañaba un importante adelanto en la seguridad de maniobra de la lámpara. Este modelo se fabricó y sería utilizado durante cierto tiempo por la SM Duro Felguera en sus minas.

Por último, Ignacio Patac, afamado ingeniero de minas y profesor, también durante muchos años, de la Escuela mierense, registró un encendedor pirofórico, componente fundamental de las nuevas lámparas de seguridad, que aseguraba el encendido del útil sin necesidad de ser abierto. Existe constancia de su uso en Carbones de La Nueva mas su no inclusión en las lámparas existentes en el mercado nos hace intuir que Patac desistió de su fabricación.

La vena sociológica del autor, en correlación a su amor por la lamparería minera, vuelve a mostrarse (al igual que en sus obras anteriores) con varios capítulos en los que entronca al hombre, la mina y las lámparas. Enriquecidos con amplio testimonio gráfico, nos muestra diversas efemérides en las que determinados personajes de la vida social utilizan la lámpara de seguridad en sus visitas a la mina, variada documentación respecto al uso, y abuso, de la misma y anecdotario minero respecto a este utensilio. Rinde, una vez más, tributo de admiración a la labor de los lampisteros -en este caso con la transcripción del sentido y bello texto que Carlos Tuñón Suárez, en su libro “Mina Dos Amigos (Apuntes mineros)” dedica a Antolín, lampistero en la citada mina-, y dedica un capítulo a la instalación de lampisterías, en análisis de su ubicación, distribución, maquinaria y aparellaje. Cierra el libro con un último capítulo dedicado a los gases de mina y sus efectos; en él tendrá un recuerdo para el primigenio Reglamento de Policía Minera (1897) y su aplicación en la minería asturiana.

Sería totalmente injusto finalizar la revisión de este libro sin reseñar, al menos, y reconocer el esmerado trabajo de impresión que lo acoje. Un formato adecuado, común a todas las obras del autor; la cuidadosa tonalidad de fondo del papel utilizado, en armoniosa conjugación de color y fotografía (ésta muy cuidada y límpida); el espléndido maquetado, con pulcra interrelación entre texto y fotogramas; el tratamiento adecuado de los pies fotográficos, convierten a este libro en una joya tipográfica, en una pequeña obra de arte, digna de compartir anaquel bibliotecario con las más reputadas obras de tema minero. No puedo menos que felicitar a Gráficas Summa, ejecutora de tan espléndido trabajo, que orna y es complemento ideal de la importante aportación de Alberto Vilela Campo a la bibliografía minera asturiana.

Quisiera finalizar mi intervención con un cariñoso requerimiento al autor.

Desde mediados del siglo pasado la lámpara de llama ha sido remplazada, inexorablemente por el casco lumínico y primero, dos décadas antes, por la lámpara eléctrica. Las razones del cambio son tan obvias que no permiten establecer tipo alguno de contraste. La sencillez en la generación lumínica, la seguridad de uso, la facilidad de su mantenimiento y, sobremanera, la liberación de los brazos en la actividad laboral han marcado un camino de no retorno. Se puede asegurar, sin temor alguno a error, que la lámpara de mina clásica, la de llama, ha finalizado el amplio periodo que cubrió la práctica totalidad de la actividad minera de nuestra región, ha fallecido gloriosamente. Es una bella reliquia a conservar en el almario minero.

En consecuencia todos los indicios parecen auspiciar que este campo de investigación, tan querido por nuestro autor, será ajeno a sus intereses futuros, excepto pequeños detalles complementarios a lo ya escrito, salvo un enfoque hacia el estudio del uso de la luz eléctrica en minería que, al día de hoy, es historia demasiado próxima y carente de otros valores que no sean los propiamente tecnológicos.

No obstante soy de la opinión que a Vilela le queda todavía, un importante trabajo a realizar. En sus aportaciones, en los libros que dedica a la iluminación minera, utiliza un sistema de desarrollo basado en la compartición, bien en ciclos cronológicos o bien conjugados con éstos, fundamentados en el instrumental empleado en cada periodo considerado.

Yo me atrevo a decirle que es necesaria una historia general sobre la iluminación en las minas de nuestro país. La única obra de referencia real para los estudiosos e interesados en la cuestión es el “Nuevo método de iluminación de las minas”, de los ingenieros de minas Gil Maestre y Cortázar. Su data de publicación (1880) impide, al serles desconocidas, las importantes variaciones experimentadas en la lamparería de llama a partir de dicha fecha; es cierto que ya se poseían los fundamentos, la filosofía básica del útil mas la técnica de elaboración se encontraba en sus primeras manifestaciones, prácticamente en mantillas.

Al día de hoy, Vilela posee los conocimientos, medios, documentación y capacidad de síntesis convenientes para poder ofrecer a todos los amantes de la lámpara de mina, tan próxima al afecto de todos los asturianos, la obra magna que sobre esta cuestión está sin realizar y tanto se precisa. En la esperanza de que así sea, de que se decida a afrontar tan importante y necesario reto, dejo planteada la propuesta.

Muchas gracias.


Luis Jesús Llaneza González
Facultativo de Minas
Correspondiente del Real Instituto de Estudios Asturianos.
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