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viernes, 16 de noviembre de 2012

"De señorito a señor" (2)

Foto: Alberto Vilela. En lo sucesivo (A. V.)

... marchar con él. Las malas lenguas hacían comentarios más soeces. La diferencia fundamental entre una y otra estribaba en que Francisco seguía recordando la que veíamos pasearse en el automóvil por todas partes. Esta circunstancia no fue reparo para que se fijara en Sara, yo creo que desde que la vio el domingo a la salida de misa días después de nuestra llegada y por las tardes, coincidíamos todos los muchachos y muchachas en el portalillo de la iglesia o en el cruce donde estaba la taberna de Menezo, momento en que notamos que hubo una complicidad mutua. Sus miradas no tardarían en poner de manifiesto ya que sus corazones latían con mayor intensidad cuando se encontraban. Creo que sólo ellos sabían lo que ocurría. La belleza deslumbrante, unida a su sensibilidad y finura en su carácter; estoy segura, serían los argumentos que le convencieron. Procuraban estar cerca el uno del otro, estando en pandilla. Cuando se bañaron en la playa una tarde, la mar estaba algo embravecida, sus manos se enlazaron para saltar juntos las olas. Todos estos detalles los relataba mi hermano en un diario que llevaba muy al día. Sólo yo conocía el lugar donde lo escondía en la casona y siempre que podía leía sus escritos, pues me gustaba cómo relataba los acontecimientos tal como los vivíamos...

Coincidiendo con las fiestas en Castillo, fuimos hasta la romería la mayoría de los jóvenes que estábamos en Noja. Nos desplazamos andando por el camino real para llegar a la hora que comenzaba la música y el baile. El regreso lo hicimos de igual manera. En un campo próximo a la ermita preparaban un templete de madera donde se subía Rankín a tocar el acordeón. A los primeros sones formábamos parejas las chicas y siempre debían venir dos chicos a invitarnos a bailar. Al principio, el momento resultaba un poco complicado; era muy difícil que nos agradaran quienes nos invitaban a las dos que estábamos bailando formando pareja. Una mirada cómplice de asentimiento de una de nosotras bastaba para que aceptásemos la invitación. Generalmente terminaba con la pieza que estaba sonando en ese momento o en la siguiente, si el cambio se realizaba momentos antes de terminar. Este descanso obligado entre baile y baile, muy agradecido, permitía entablar conversaciones, generalmente intrascendentes, pero necesarias para iniciar los cortejos. Habitualmente no se repetía pareja, salvo en contadas ocasiones, pues en torno al baile se formaba un círculo de personas, en su mayoría ya maduros, añorando tiempos pasados y vigilando como censores a los danzantes para no perder detalle, conocer los gustos y afinidades de sus conocidos y, tener argumentos para comentar los días siguientes, lo visto en el baile, mientras jugaban a las cartas en las tabernas de los pueblos circundantes donde residían, en las tertulias y en los corrillos formados después de las misas o de los rosarios en los pórticos de las iglesias.

Ya avanzada la tarde, empezamos a bailar Sara y yo, porque mi compañera de baile hasta ese momento estaba con sus familiares. Se trataba de Mª Antonia, la amiga que la invitó a pasar con ella las vacaciones en Noja, pues sus padres eran compañeros en el ejército desde su ingreso, y ambas, muy amigas desde pequeñas.

Quedé asombrada cuando vino hacia nosotras mi hermano con otro chico a invitarnos a bailar. No recuerdo en estos momentos de quién se trataba, posiblemente Tadeo, que tampoco bailaba nunca con nadie. Por vez primera lo hicieron juntos. Quería bailar con ella. Le sirvieron las lecciones de baile del año anterior, mientras escuchábamos las canciones que sonaban por las tardes en la gigantesca radio del comedor de la...
 
(Continuará...)
 
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