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viernes, 7 de diciembre de 2012

"De señorito a señor" (5)



... una ocasión, se me escurrió uno sin darme cuenta y quedó en el suelo, afortunadamente, en una esquina. Menos mal que no se percató cuando entró, lo pisó y volvió a salir del aposento donde tenía escondido su diario, pues me encontró sentada en el sofá leyendo "Casta de Hidalgos" de Ricardo León y pude observar sus movimientos sin levantar sospecha. Disimuló y se abstuvo de cogerlo en aquel momento. Pude recuperar el pétalo del suelo y volver a colocarlo en su sitio cuando volví a quedar sola. En otra ocasión me prestó un libro, y como marca-páginas encontré otro pétalo de rosa de gran tamaño con la silueta de otro gran corazón pintado y sus nombres entrelazados encima de flechas, destacando una fecha: 29-agosto-1916. Me pilló observándolo en la mano. Se puso colorado como un tomate al verme, a pesar de que el libro le pertenecía. Le guiñé el ojo y con una sonrisa cómplice le ayudé a volver a la normalidad y superar la situación. Comprobé en su mirada que no la había olvidado. ¿Le pasaría lo mismo a ella? No lo sabíamos, pero partíamos y la incógnita se resolvería en escasos días.

A las cinco de la mañana todos estábamos en movimiento por casa, al objeto de poder tomar el tren a la hora prevista de la salida hacia la capital de La Montaña. La tensión y las prisas enseguida espabilaron el sueño. Partía a las siete y media. Un coche de alquiler llegó al portal una hora antes para llevarnos hasta la estación del Mediodía a tiempo y poder transportar el baúl y restante equipaje.

Cuando llegamos, resultaba emocionante observar la actividad que desarrollaban los numerosos mozos de estación con el trasiego de los diferentes enseres, aunque en mayor número destacaban los baúles y maletas que movían en pequeñas carretillas, percibir el olor del humo que desprendían las locomotoras al quemar el carbón y escuchar el ruido que generaban, unido al de la muchedumbre en espera y a otra que, a toda prisa, se desplazaba por los andenes donde, estacionado, se podía ver otro convoy. Unos acababan de llegar y otros estaban a punto de partir. Después de un largo rato de contemplar el novedoso espectáculo, según la hora que marcaba un gran reloj con esfera blanca y números romanos observable en la estación desde todas partes, fue llegado el instante en que, por fin, subimos a un vagón pintado de verde oscuro que llevaba un gran número 4 de bronce adosado en las proximidades de la puerta y una tablilla colocada debajo anunciaba el destino: Santander. Entramos en el compartimento que tenía el número 12. Estaba situado al final del pasillo. Cada habitáculo disponía de dos asientos de madera para cuatro personas, colocados uno frente al otro. El espacio no era muy amplio y resultaba complicado acceder a la ventanilla a los sentados más alejados de ella. Si querían hacerlo sin molestar a nadie, debían salir a las del pasillo. Pero estas incomodidades, mínimas, no las teníamos muy en cuenta, partíamos de vacaciones…

Un prolongado y fuerte pitido de la máquina anunció nuestra salida. Llegué a aproximarme para mirarla con detenimiento antes de subir y pude comprobar su enorme tamaño; después sonó con reiteración una campana. Lentamente el convoy se puso en marcha y el olor a humo producido por el carbón quemado aumentó en intensidad. No tardamos mucho en abandonar la estación y poco tiempo después, dejábamos atrás las últimas casas de Madrid. El traqueteo del tren hizo que pronto la tensión por la espera se relajara y enseguida noté que Francisco empezaba a quedarse dormido. Yo lo haría poco después. Desperté cuando se paró la gigantesca locomotora...
 
(Continuará...)

Esta novela necesita de tu colaboración y ayuda. Por favor, lee esta otra entrada: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor.html

Si quieres conocer un pequeño argumento lee:
http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html
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