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viernes, 21 de diciembre de 2012

"De señorito a señor" (7)

             Lancha atravesando la bahía de Santander. (Foto AVC.)

... descendía por una estrecha escalera muy empinada, y abajo, el ruido del motor se hacía notar en exceso. Los cristales impregnados de salitre de los ventanucos, como escuché que los llamaban los santanderinos, impedían seguir contemplando aquel espectáculo que la salida del sol nos brindaba. Por tal motivo, mi hermano y yo volvimos a cubierta donde estaban los bancos casi vacíos, escogimos los que estaban en la popa, más resguardados por la pared del puente, pudiendo proseguir con la contemplación del espectáculo que nos estaba deparando el amanecer de aquel día; los rayos de sol, cada vez más intensos, aceleraban el cambio de tonalidades por todas partes. Fue realmente maravillosa la travesía y pronto llegamos al embarcadero de Somo donde una línea, pintada del mismo color de la lancha por ser de la misma compañía, nos esperaba al desembarcar. Amarrados en la baca iban los baúles y equipajes; además, a su lado, se acomodaron algunos pasajeros, el resto íbamos dentro. Aunque su destino era Santoña, en verano se desviaba en Castillo hasta Noja, donde nos apearíamos. La línea se puso en marcha. Las vacas pastando a ambos lados de la carretera, después de subir la cuesta de Somo, empezaron a aparecer en los prados, dispersas por todas partes, pasando a integrarse en el verde paisaje. En el cruce de Loredo se detuvo y descendieron dos pasajeros; vacas y prados también serían una constante en la mies de Galizano donde hicimos la siguiente parada en un cruce. Se apeó en esta ocasión una señora, que por su vestuario parecía mayor, de escasa estatura, a la que dos de los viajeros saludaron antes de apearse de la línea y llamaron María. Iban sentados en los asientos situados delante de los nuestros. Vestía de riguroso negro, salvo el delantal ceñido a la cintura confeccionado con tela estampada con cuadros blancos y negros. Portaba un cesto con algunos productos tapados por un mantel blanco, una olla de leche de aluminio, que por la posición tumbada que adoptó para salir por el pasillo sin molestar a nadie, debía ir vacía; en la otra mano portaba un garrafón de ocho litros lleno de vino. Su pelo negro lo sujetaba con un moño y en su cara redonda relucían unos vivarachos ojos negros entre las arrugas que surcaban su frente y marcaban el paso de los años. Cuando la línea se puso de nuevo en marcha, comentaron entre ellos que la conocían desde hacía muchos años, ataviada siempre con un delantal y calzando zapatillas en cualquier época del año, con albarcas cuando llovía. Añadieron que iba caminando todas las mañanas por los atajos de la mies desde Carriazo, donde vivía, a Somo, allí acudía a coger la primera lancha que la llevaba hasta el muelle de Puerto Chico. Varias revendedoras esperaban para comprar los productos que ella y otros vendedores desembarcaban a esas horas. María solía llevar leche en la olla de aluminio y huevos, alubias, guisantes o frutas en el cesto. Regresaba en la lancha que combinaba con la línea, para no tener que volver andando desde Somo hasta su casa, a mucha distancia del muelle. Precisamente en la que viajábamos nosotros ese día; aunque añadieron, le quedaba un buen trecho desde el cruce de Galizano hasta su casa, ya en el límite con Castanedo. Regresaba a su casa, al menos una vez a la semana, con el garrafón con los ocho litros de vino y harina para elaborar pan. Todo lo adquiría con las ganancias obtenidas. Los de los asientos delanteros continuaron aportando detalles sobre ella. Viuda, tenía cinco bocas pequeñas que alimentar y escuché que a la más pequeña la enviaba largas temporadas, cuando no tenía escuela, a casa de unos parientes cercanos de Bareyo...
(Continuará...)

Esta novela necesita de tu colaboración y ayuda. Por favor, lee esta otra entrada: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor.html

Si quieres conocer un pequeño argumento lee:

http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html
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