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jueves, 28 de marzo de 2013

"De señorito a señor" (21)


... muro de piedra, separado un par de metros del acantilado. Desde este pintoresco observatorio se podía ver el castillo, la isla donde estaban los soldados y al otro lado del estrecho la costa africana, cuyas montañas asemejaban la silueta de una mujer acostada. Se convirtió en un lugar, por estar fresquito, a donde iban muchas tardes a contemplar las preciosas y pintorescas puestas de sol sobre el estrecho. Grandes palmeras protegían del sol los bancos de piedra donde se sentaban los mayores y se utilizaba preferentemente el lugar para los juegos de los niños: canicas, chapas, la raya y la comba. Se consolidó este verano su amistad, iniciada en la escuela.

Algunas tardes acudían al puerto, acompañando a sus madres, a comprar el pescado fresco que traían los pequeños pesqueros y desembarcaban en la lonja. Por la mañana tenían la obligación de ir a buscar el pan, que les entregaban en la intendencia del cuartel situado en un lateral del castillo, además de leche y otros alimentos. Las frutas y hortalizas se compraban en el mercado. Se encargaban también de ayudar en el acarreo del agua para beber que debían ir a buscarla a una fuente. El agua, bien escaso y muy administrado, se extraía de los aljibes que almacenaban el agua de la gotera, o de pozos bastante alejados.

En el pueblo siempre soplaba el viento. Cuando lo hacía el Poniente refrescaba el ambiente. Si soplaba el Levante, aumentaba mucho la temperatura, aunque se podía aguantar. Ese momento era ideal para darse un baño en la mar en sus refrescantes aguas. También acudían juntas, en numerosas en ocasiones, a pasear por la orilla de la extensísima playa cuyo final apenas se deja ver, si no te fijas en las montañas cuyas laderas descienden suavemente hasta la arena. Finalizaban el paseo, cuando ya se empezaban a distinguir algunas de las numerosas dunas móviles que en gran número se divisaban al final de esta playa y, antes de emprender el regreso tomaban un baño para refrescarse un poco. Lo hacían desnudas, ya que de esa forma, al regresar, en casa, no se percataban de que se bañaban, al estar la ropa seca, ya que lo hacían sin autorización. Permanecían poco tiempo en el agua porque estaba siempre muy fría, enseguida se quedaba la piel arrugada y sentían frío.

Sus padres las llevaron un domingo, que estaban libres de servicio, a conocer Punta Paloma, un destacamento situado en una montaña un poco más allá del final de la extensa playa por la que ellas caminaban a menudo. Durante el trayecto, por fin, pudieron ver la playa por la que paseaban en toda su longitud. El ejército tenía en esa zona unas baterías que sus padres visitaban con frecuencia por razones profesionales. Por tal motivo, conocían la existencia, en las proximidades del destacamento, de una pequeña y pintoresca playa. Las llevaron para que vieran las gigantescas piedras que dispersas y medio enterradas, pertenecientes a un antiguo templo romano formaron parte destacada de una ciudad escondida bajo las dunas, pero que ponía en evidencia la riqueza que antaño tenían aquellos parajes. Creo que ante las numerosas columnas y piedras fue donde Mª Antonia sintió de cerca cierta fascinación por los misterios ocultos y todo lo que escondían las dunas, ya que pensaba hacerse arqueóloga algún día. Desgraciadamente la mar en el Cantábrico se lo impediría.
Le añadí a mi hermano que no se preocupara por lo acontecido con su amada el domingo anterior antes de que el problema llegase; ya tenía bastante encima y quería...
 
 (Continuará...)
Si quieres conocer un pequeño argumento lee:

http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html

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