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viernes, 14 de junio de 2013

"De señorito a señor" (32)


... levantar sospechas por carecer de documentación en regla. Igual que una perrita espera un trozo de pan de su amo y no para de dar vueltas a su alrededor hasta conseguirlo, no dejó de cortejarle toda la tarde; y éste, ante tanto halago, bebía jarra tras jarra de cerveza resultando la sonrisa una constante en su rostro. De esta guisa, y sin parar de beber, aguantó hasta la hora de cerrar, pues ella aceptó la invitación del capitán y ambos se fueron entonces en dirección a su barco atracado en el puerto. El hombre casi no podía andar, pero la ayuda de su nueva conquista le permitió llegar sin ningún percance hasta el muelle; eso sí, muy alegre y tambaleante. La tripulación de guardia a bordo no le dio ninguna importancia al estado en que le vieron, ni les llamó especialmente la atención que viniese acompañado, ocurría habitualmente en la mayoría de los puertos que visitaba. Al entrar al camarote, Günter se sentó en la cama y sin darse cuenta se quedó dormido. Aprovechó ella este momento para acostarlo y subirle los pies al catre, quitarle las botas y a continuación, abandonar la embarcación y dirigirse a la pensión donde estaba hospedada.

No pudo dormir, pues cada vez con más fuerza aumentaban sus deseos de huir al continente y entendía que podía ser aquel el momento que no debía dejar escapar. Al día siguiente, antes de abrir la taberna, ya estaba esperando la apertura del local el enamorado capitán. Ella tardó en aparecer y las ganas de éste por verla aumentaban por momentos. Consumió varias cervezas antes de que llegara y cuando la vio, pidió al tabernero que la autorizara a sentarse a su lado en la mesa que ocupaba. El tabernero movió la cabeza en un gesto afirmativo por tratarse de un excelente cliente. Hasta bien entrada la noche estuvieron charlando, si se puede llamar de esa forma a un monólogo, pues Ruth le oía pero apenas le escuchaba, salvo en contadas ocasiones. Le anunció que zarpaba al día siguiente a cargar maquinaria en Amberes con destino al puerto de San Juan, en Avilés. A punto de desistir por aburrirse de tan extenso monólogo, escuchó la pregunta que esperaba:

-¿Quieres venir conmigo a Amberes?

La inglesa salió de su letargo y después de beber un gran trago de cerveza tomó aliento y recuperó la iniciativa. Dejó a su acompañante con la disculpa de ir al retrete tras el trago. En ese ínterin buscó y encontró al dueño de la taberna donde trabajaba y le pidió un anticipo de su paga de la semana a punto de concluir y la de la siguiente, con el fin de poder abonar las deudas contraídas con su casero desde que llegó a la localidad costera. Le argumentó, que la amenazaba con ponerla en la calle si no pagaba los atrasos que le debía; y si ocurría, debería volver a su pueblo. Sus palabras, si bien en una parte eran ciertas, no pagaba; el resto, no tanto. Visto el éxito obtenido por su nueva empleada con los clientes que gastaban más dinero en la taberna, y ante la posibilidad de perderla, accedió a todo lo que le requirió. Le permitió abandonar el local antes de concluir su jornada para que liquidara sus deudas esa misma tarde. Con las monedas en su faltriquera regresó a la mesa y pidió al capitán que le acompañase a la pensión a recoger sus pertenencias antes de embarcar con él. En la calle, delante del portal donde se hospedaba, el posadero quedó charlando con el capitán sobre la belleza y bondades de Ruth y ante tal ilustre personaje éste, no se atrevió a reclamar el dinero que le debía, cuando regresó hasta donde estaban amigablemente en conversación, a pesar de verla partir con el capitán y un pequeño bolso de viaje.
 
(Continuará...)


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