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viernes, 5 de julio de 2013

"De señorito a señor" (35)

Bahía de Santander (Foto A.V.C.)

... vestuario y joyas que llevaba encima y, efectivamente, no tardaría en volver.

Al tercer día Ruth marchó a la ciudad por la mañana, esta vez a deleitarse mirando cosas, pues no compró nada como hacía en otras ocasiones en que derrochaba el dinero, lo reservó para su huída. Regresó a La Zulima por la tarde con el marinero que vigilaba el bote mientras anduvo de compras. Por la noche convenció a Günter para volver a la ciudad y salir de tabernas. Le preparó una noche loca de cortejo con mimos, caricias y cerveza, mucha cerveza. Cuando el capitán ya sólo deseaba una silla o un catre donde esparcir su estado de embriaguez, con gran dificultad de movimiento por su estado, le embarcaron en el bote gracias al tripulante que les esperaba en el muelle.

Pasados cuatro días desde que el barco fondeó en la bahía, por la mañana se quedó a bordo sin regresar a la ciudad para poder pagar el tributo después de comer. Por la noche, recibió el anunció de que zarparía el barco coincidiendo con la marea de la tarde siguiente; de esta forma el capitán podría observar los vientos mañaneros para poder estar seguro de la evolución del temporal. Sentía buenas sensaciones.

Aprovechó Ruth, tras conocer la noticia, para pedirle temprano, antes de zarpar, que la volvieran a llevar a tierra, con el pretexto de que debía de cambiar un vestido comprado y, que por no estar hecho a medida, debían modificarlo. De esa forma pudo salir del barco con su maleta abarrotada con algunas de sus cosas personales, vestidos y joyas, sin levantar sospechas; no dejando, a pesar del peso, que nadie de la tripulación se hiciera cargo de su equipaje. Después de haber desembarcado del bote en el muelle contrató a un mozo para que le llevara el equipaje hasta la puerta de la estación donde le pagó. Cuando éste desapareció de su vista, retrocedió sobre sus pasos pues no quería dejar ninguna pista, atravesó la calle y se introdujo en el portal donde estaba la pensión, pagó la cantidad que la casera le solicitó y se encerró en la habitación. El marinero que la transportó hasta el muelle, como en anteriores ocasiones, quedó de guardia en el bote esperando su regreso durante toda la mañana. A medio día empezó a preocuparse al aproximarse la hora acordada porque Ruth no llegaba y la marea, muy viva ese día, estaba subiendo muy deprisa. Lo mismo ocurría a bordo del barco, donde los nervios del capitán estaban a flor de piel. Ordenó botar el segundo bote y mandó que fuesen a recoger al marinero para que diese explicaciones. Lógicamente no las tenía. Se limitó a explicar que tras toda la mañana de espera y parte de la tarde, seguía sin llegar la señora. El enfurecido capitán empezó a lanzar improperios por aquella boca, al comprobar que la marea hacía tiempo que había alcanzado la pleamar y a partir de ese momento sería muy complicada, por no decir imposible, la salida de la bahía del vapor con tanta carga a bordo. No lo dudó. Ordenó a toda la tripulación que desembarcase y la buscase por toda la ciudad. En una primera oleada fueron seis en un bote. Regresó el otro, subió Günter y tomó el mando. Llegaron hasta el muelle. Por más que buscaron, preguntaron, miraron y remiraron, parecía como si la tierra la hubiese tragado. Toda la tripulación tuvo que soportar las blasfemias de su enamorado capitán, al que, con sorna, le imaginaban con unos pronunciados cuernos que salían de su pintoresca gorra marinera azul cobalto, que siempre calaba, mientras le observaban de reojo la llamativa cara de resentimiento. Sus ojos denotaban odio y dolor. Comprobaban que su mirada punzaba. No hizo regresar a sus hombres al barco hasta que no quedó nadie por la calle, a pesar de que...
 
 (Continuará...)
Si quieres conocer un pequeño argumento lee: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html

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