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viernes, 12 de julio de 2013

"De señorito a señor" (36)

                                        
                                         Bahía de Santander. Foto (A.V.C.)


… el mozo que llevó la maleta hasta la puerta de la estación del tren comentó a uno de los marineros haberla visto en la estación subirse en un tren. No le creyeron. Desesperado y endemoniado, ya a bordo de La Zulima y a punto de amanecer, dio orden de zarpar rumbo a Avilés cuando la marea de la mañana estaba próxima a llegar a la pleamar. A esas horas dormía la inglesa plácidamente en la pensión.

Ruth enseguida localizó en Santander un lugar, no muy lejano, en el puerto pesquero, donde se comía muy bien; siempre se elaboraba el menú con pescado fresco, a un precio razonable, y a ella le gustaba. Para que no le ocurriera lo mismo que en Southampton donde se quedó sin dinero enseguida, pensó que debía de administrar lo que tenía. Llamaba la atención, por ser guapa, extranjera y allá por donde iba no pasaba desapercibida su elegante forma de vestir. En mayo, llevaba ya un mes de gastos, y sus ahorros se esfumaban sin querer. El dueño de la taberna que frecuentaba mostró gran extrañeza y hasta se puso un poco ruborizado cuando la escuchó pedirle trabajo. Inicialmente no le dio respuesta, pero tal vez después de una corta meditación se acercó de nuevo a la mesa donde  comía y se sentó a su lado. Tras una breve conversación, accedió a contratarla, fijarle un horario, asignarle unas tareas y comprometer un salario. ¡Lo había conseguido!

Atendía las mesas donde se servían las comidas y recibía buenas propinas. Al mayordomo del conservero, padre del Señorito de Noja, cliente habitual de esta taberna los pocos días de asueto que disponía, le coincidió sentarse en una mesa de las que la inglesa tenía asignadas. La vio y se prendó de su carrocería, belleza, soltura y salero, a pesar de la mala pronunciación de su vocabulario que se esforzaba en ampliar siempre que podía. No le dijo nada pero dejó una excelente propina. Una semana más tarde, el conservero y el mayordomo estaban sentados a la misma mesa que continuaba  sirviendo Ruth. A los postres, le pidieron que hiciese venir al tabernero, para entonces conocía pocas palabras pero suficientes para defenderse en nuestro idioma. Éste, extrañado por el requerimiento, pensaba que querían recriminarle algo de su empleada. Estaba equivocado. Le pidieron permiso para hablar con ella. El tabernero sospechó en ese momento que habría algo raro, pero no negó la autorización. Al mayordomo, cliente conocido e importante desde hacía muchos años no se lo podía negar. Pidió a la inglesa que se sentara a la mesa con aquellos importantes clientes, sin ninguna objeción, mientras ordenó a otra compañera que se ocupara de su trabajo. La explicaron cuales eran sus propósitos, contratarla para entrar a formar parte del servicio ese mismo verano en la casona del conservero, ofreciéndole el doble del sueldo que recibía en su actual trabajo en la taberna, además de comida, habitación y una tarde a la semana libre, la de los jueves. Lo pensó y con un comentario que le hizo el mayordomo en su lengua materna, entendió que iría a una zona campestre, la convenció. De manera instantánea vino a su mente el recuerdo de la campiña inglesa. Bastó para que el tabernero quedara satisfecho y no opusiera resistencia a su marcha, entregarle todo el dinero que debía a la inglesa por su trabajo y una generosa propina.

En la fecha acordada, dos días después, el mayordomo fue a buscarla a Santander. Llevó el Mercedes del conservero hasta la puerta de la pensión. Ruth estaba esperando un poco impaciente desde media mañana. Cuando el equipaje estuvo ubicado en el interior del vehículo, emprendieron la marcha. Una mala y sinuosa carretera les...

(Continuará...)
Si quieres conocer un pequeño argumento lee: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html

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