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viernes, 18 de octubre de 2013

"De señorito a señor" (50)


Aquel verano se dio bien la pesca, y a pesar de pasar por manos de Menezo, el tendero del cruce, que hacía de intermediario y vendía los cestos de peces que le llevaba a los veraneantes en verano o a la gente del pueblo todo el año, obteniendo bastante dinero. Conseguía la pesca después de estar desde el amanecer, si era preciso, encima de las piedras con el anzuelo en el agua desde que la mar empezaba a subir. Consiguió recaudar lo suficiente para viajes y estancia de algún día de pensión, pues para comer llevaba una hogaza de pan y queso que fabricaba con la leche de las cabras. Cuando la mar estaba embravecida, algo que ocurría muy a menudo de octubre en adelante, aprovechaba para marchar a la capital a continuar con el diseño de su plan. No despertaba sospecha. Habitualmente esta salida la hacían la mayoría de los mozos solteros que iban a echar una cana al aire en una calle empinada, próxima al Ayuntamiento, donde siempre se encontraban mujeres, que a cambio de dinero, se dejaban seducir. Nunca fue ese su destino.

Consiguió localizar a sus viejos amigos, aunque no se presentó ante ellos y empezó a vigilarles. No le resultó difícil, sus costumbres seguían siendo las mismas y conocía dónde se ubicaban sus domicilios. Pensaba que debía ajusticiarlos a los cinco el mismo día, hacerlo sin ayuda, y tener prevista una  fácil huida.

                         XIV. LA VENGANZA
               
Dionisio, después de horas y horas de mucho estudiar y controlar los movimientos durante el otoño y parte del invierno de quienes para él se convirtieron en sus objetivos prioritarios, descartó utilizar un arma de fuego para conseguir sus propósitos. Los disparos le delatarían. Durante las primeras horas de la noche frecuentaba mucha gente el Gran Casino de Santander. Debía de hacerlo con sigilo y arma blanca. No solían abandonar a la vez el lugar de la partida los cinco que pensaba ajusticiar; tampoco sería fácil poder enfrentarse a todos en grupo, a pesar de que jugaría con la sorpresa a su favor. Estudiaba la situación. Cuando veía que la mar en el Sardinero se calmaba, regresaba a Noja. En el pescadero cebaba con un jarabe preparado con restos de parrocha de las fábricas de pescado de Santoña para que los peces se acercasen al pescadero. Mientras, debajo de la espuma blanca, que siempre se producía en los regatos de las proximidades de la piedra y permitía disimular el anzuelo con un cámbaro#, una sardina o una anchoa usados como cebo, esperaba la picada de un jargo u otro pez de buen tamaño. El aparejo pendía de una  larga caña de bambú mantenida a pulso en sus manos. Repetía mentalmente una y otra vez, mientras no turbase la escena el fuerte tirón de un pez que le extraía de la hipotética situación en que, absorto mantenía su pensamiento sobre el desarrollo de los futuros acontecimientos que se podían presentar en el momento de ajusticiar a sus antiguos compañeros de juego en el Casino. La captura del pez o una falsa alarma truncaba en numerosas ocasiones sus ideas. No importaba. Día tras día, muchos pensando en su proyecto, llegó a la conclusión de que una navaja y un puñal serían las armas a emplear, fáciles de esconder y tirar al agua en cualquier lugar de la bahía donde nunca los encontrarían. Debería huir muy lejos. No resultaría difícil coger un patache y...

(Continuará...)

Si quieres conocer un pequeño argumento lee: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html

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