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viernes, 24 de enero de 2014

"De señorito a señor" (64)

... otras cosas, lo hacía recordando aquellos grandes peces con espada, narvales, diferentes a los peces espada que pescaba estando enrolado de marino en el pesquero que lo trajo a tierras mexicanas y, que a veces, los veía desembarcar y casi regalaban cuando los ponían a la venta.

En La Aldea conocían por el nombre de puerto a un lugar de la playa donde estaban alineadas cuatro vigas plantadas en la arena y bañadas de forma permanente por la mar, donde se engarzaban una especie de escaleras fabricadas con maderas y cañas, que permitían poder aproximarse y desembarcar el pescado cuando llegaban con carga los barcos. Una pregunta le intrigaba. ¿Cómo se las arreglarían los pescadores con aquellos gigantescos peces con espada?

Se enteró que no usaban caña para pescarlos. El día que le invitaron a ir de pesca los acompañó y pudo comprobar cómo lo hacían. Por la popa lanzaban el aparejo. Consistía en un anzuelo tan grueso como un dedo pulgar y tan largo como tres, encorvado como suelen estar diseñados todos. Al cabo del asta de dicho anzuelo se le añadían cuatro o cinco eslabones de hierro grueso, del último se ataba un señuelo blanco y un cabo de una cuerda, gruesa como dos o tres veces el anzuelo. Se colocaba un pez, carne, o tocino en el anzuelo. Después de luchar mucho con ellos en el agua cuando tragaban todo el anzuelo, pues en la primera sacudida con la fuerza que tenían, el pez se tiende a desviar y el anzuelo se atraviesa, le pasa y les suele salir la punta por una quijada. Enganchado de esta forma tenían que cansarlo y acercarlo a la embarcación donde uno de los tripulantes con el cotillo de un hacha asestaba en la cabeza grandes golpes y lo acababa de matar. Con un gancho, ayudados por poleas y con mucho cuidado, los izaban. Subieron aquel día a bordo cinco de estos peces de diferentes tamaños.

Esta experiencia le despertó de su letargo, afloró su genética comercial y pensó que debía de hacer algo con la materia prima con la que su padre había triunfado. Comenzó a estudiar la conservación, el comercio del pescado y en una fábrica, especialmente de conservas de las que no conocía existencia en la zona. Recordó un dicho de su padre que repetía con frecuencia: Lo importante para triunfar es conseguir ser el que elabore el producto de mayor calidad a mejor precio. El resto llega por añadidura. Tenía que empezar de cero. Era el reto que necesitaba en aquel momento. No dudaría en intentarlo. El problema inicial que debía resolver sería encontrar un lugar que pudiera adaptar y convertirse en lugar de trabajo.

Una tarde en que llovía, prefirió quedarse en su choza y no fue, como hacía habitualmente, hasta su piedra favorita, donde se tumbaba y desde la que contemplaba con especial atención al atardecer el regreso de los pequeños botes de vela de los pescadores, las maniobras de descarga del pescado y la espléndida puesta de sol. Surgió una conversación con el pescador, su casero, al que preguntó si conocía un lugar a cubierto, próximo al puerto y que se alquilase. Con sorpresa su anfitrión recogió su pregunta y no le preguntó por la utilidad que pretendía darle. Este detalle le gustó a Dionisio. Desde ese día empezó a confiar más en el pescador, llamado Tomás. Se tomó un cierto tiempo en dar respuesta, se puso a pensar. Enseguida le informó de dos posibles lugares. Una tejavana donde estuvo instalada una serrería y un antiguo
Continuará...
Si quieres conocer un pequeño argumento lee: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html

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