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viernes, 10 de enero de 2014

"De señorito a señor" (62)



Llegaron a un pequeño puerto marinero, remontando el curso de una pequeña ría, no muy lejos de la desembocadura. Desde el momento de poner pie en tierra aquel mediodía, conocía que le resultaría imposible regresar a España. Debía de empezar una nueva vida en aquel lugar de un país desconocido. La ciudad no le gustó, estaba rodeada de lagunas y pantanos. Tras esta impresión, recordó las pequeñas casas que lindando con la mar estaban en las proximidades de una playa cuando pasaron a su lado para remontar la ría. Preguntó cómo se podría regresar hasta la costa y le informan que en barco, por la sinuosa carretera o por un callejo paralelo al río. La distancia, no superior a seis kilómetros, no le importó y emprendió la marcha a pie. Al llegar a orillas de la mar le resultó más agradable el lugar, algo le recordaba a Noja, pero faltaban las casonas. Le recomendaron ir a un lugar no muy alejado de donde preguntó, La Aldea. Buscó posada en casa de una familia de pescadores donde vivía el matrimonio con sus ocho hijos. Le alquilaron su mejor aposento. Lo hacían siempre que podían, pocas veces, para poder sobrevivir. Le ofrecieron algo muy modesto: un camastro con un jergón de hierba, una silla, cuatro tablas a la que llamaban mesa, y una mosquitera. No tenía retrete y la mar a la que se accedía directamente desde la vivienda, sería el lugar de aseo personal por las mañanas. Pese a ello, aceptó ocupar su nueva mansión. Estos pescadores se volcaron en atenciones con él desde su llegada, pero por sus modestas posibilidades no iban más allá de ofrecerle comida a base de pescados asados o cocidos, recién pescados, cuando los capturaba con la red y su barco. No podían ofrecerle más que de lo que disponían. El pan de maíz y la leche debía comprarlo, echaba en falta las carnes magras y los quesos frescos que elaboraba con la leche de sus cabras en Noja. No pasarían muchos días cuando en la mesa de toda la familia empezaron a consumir quesos frescos que él mismo elaboraba con la leche que conseguía comprar todos los días y nunca faltó desde entonces pan y otros alimentos; además, se encargó de preparar letrinas nuevas.

Le llamó enseguida poderosamente la atención que aquellos pescadores traían en sus embarcaciones ejemplares de un enorme tipo de pez, que no había visto nunca y que en la punta del hocico tenía una espada llena de dientes muy fieros por ambos lados; tortugas de gran tamaño, además de muchas otras variedades de peces más pequeños como sardinas anchas con colas bermejas, jureles, palometas, jargos, lisas, doradas, moreras, además de pulpos y langostas, a pesar de los modestos medios que tenían para capturarlos. El problema que tenían con las pescas consistía en que debían medio regalarlo todo, porque de lo contrario se podría, siendo preferible venderlo a escaso precio. Sólo los peces de mayor tamaño los cortaban en lonchas y los ponían a secar, pudiendo empezar a comerlos no antes de una semana y siempre terminaban quedando secos como coscojas#.

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Continuará...
Si quieres conocer un pequeño argumento lee: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html

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