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viernes, 21 de febrero de 2014

"De señorito a señor" (68)


... zumo de frutas o lo que gustase beber a su invitado. En esta ocasión, como dos dardos se cruzaron por un instante las miradas el recién llegado y la joven morenaza de ojos negros cuando estaba retirando el jarrón. La joven, por su silueta y belleza no pasaba desapercibida a ningún hombre. El montañés la observaba en todos sus movimientos, y a su mente vino el recuerdo de las palabras de la conversación con Daniel. Se preguntaba si sería una de sus mujeres contratadas para el servicio como una casi virgen. 

Acordaron las condiciones del alquiler. El mexicano quería formalizar un contrato de año a año para el tendejón. En ese apartado fue intransigente. Mínimo veinte años y pago el segundo día de cada año. Tuvo que ceder y añadir unos pesos a la cantidad que tenía prevista abonar anualmente para contentarle. En cuanto estuvieron de acuerdo, un criado acudió presto a anunciar al escribano que a la tarde siguiente necesitaba que diera fe de un contrato que iba a formalizar su patrón. Cerrado el negocio le invitó a quedarse a almorzar con él. Creo que los dos, comerciantes natos, se encontraban en su salsa y muy a gusto con el acuerdo. Por otro lado, la vida social del montañés era muy escasa, tanto en Noja como desde su llegada a La Aldea y aceptó con gusto; mientras Chuchina servía la comida que otras sirvientas preparaban en una estancia anexa, continuaron las conversaciones sobre negocios, con acuerdos y desacuerdos. El anfitrión, perro viejo en estas lides, pronto se percató de las miradas que se cruzaban invitado y sirvienta. No le hacían mucha gracia. Tragaba saliva y continuaba hablando. Su rostro cambió de semblante cuando, a los postres, encima de la mesa vio desenrollado el fajo de billetes de Dionisio, y una sonrisa afloró a sus labios. Prosiguieron las negociaciones, pues el montañés estaba dispuesto a cambiarlo todo por plata, si a cambio recibía un buen trato. Por sus ventas de pescado, los arcones de Acevedo estaban repletos de este metal y andaba más escaso de papel o calderilla con la que pagaba a sus sirvientes. Con un fingido gesto de dolor y pena ante la falta de acuerdo, cuando el fajo de billetes empezaba a retomar su forma inicial que tenía antes de estirarlos en la mesa, por falta de acuerdo, y sin que diese tiempo a que Dionisio terminara de acaldarlos de nuevo, como estaban anteriormente, aceptó pagarle el doble de lo que habitualmente le entregaba su cambista.

Un baúl lleno de monedas de plata fue puesto en el carro# prestado por Acevedo para la ocasión. Al despedirse antes de subir, le tendió la mano, y en señal de ostentación y poder, algo que Dionisio no desconocía, por haber sido norma practicada por él durante muchos años de su vida en época no muy lejana, le hizo un ofrecimiento: en señal de amistad, pídeme lo que quieras, que si está a mi alcance, lo tendrás. Al escuchar tal ofrecimiento, quedó pensativo un buen rato sin moverse, ni haber hecho intención de subir al automóvil; a continuación le respondió:

-La Chuchina.

El mexicano quedó paralizado por la respuesta, le observó con una mirada desafiante, ...

Continuará...
Si quieres conocer un pequeño argumento lee: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html

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