PUBLICACIONES

http://lucesenlasminas.com/

viernes, 9 de mayo de 2014

"De señorito a señor" (79)






… rostro apareció una sonrisa cuando empezó a escuchar palabras que incluían dinero por medio. Mucha gente entregaba a cambio de los peces, saquitos de plata pura nativa, en pequeños trozos. Dionisio conocía que al fundir aquel metal tendría mermas, pero lo aceptó sin poner ningún obstáculo como si de monedas se tratase. Este detalle, aparte de la calidad del producto, hizo correr la voz, pues otros vendedores no aceptaban por sus productos más que el pago con monedas. Necesitaba conocer el proceso de fundición del metal, algo que conocía bien el mexicano, y tras escucharle con mucha atención, le propuso que por qué no se encargaba de controlar todo el proceso si lo fundían en alguna pequeña fragua que conocía su existencia. Le daría el diez por ciento de todo lo que se convirtiera en lingotes de cinco o diez kilos de plata al final de cada año. Su interlocutor no se conformó y le pidió un poco más. Llegaron a un acuerdo de un quince por ciento por los primeros cincuenta kilos y de un diez por ciento de ahí en adelante. No estaba convencido que se llegaría a esta cantidad, por muy bien que le fuera la venta de peces, pero con la plata en sus manos estaba garantizado el cobro por sus alquileres. Aceptó. Sin mediar palabra, el montañés se acercó al Chevrolet y para asombro de Acevedo, extrajo de la cabina un saco con más de dos arrobas de metal y con esfuerzo caminó hasta donde le esperaba. Con dificultad el mexicano lo agarró fuerte con sus manos y hubo de ponerlo rápidamente en el suelo porque, debido a su peso, no podía con él. Llamaron a un criado de piel morena, quien abriendo camino delante de ellos, llegó hasta el porche de la casa con el saco al hombro. Mientras esperaban que éste completara la labor pesándolo con una romana, una casi virgen muy bella de ojos verdes trajo un zumo de frutas en una enorme jarra de cristal y les sirvió en los vasos preparados al efecto. Al cabo de un rato escucharon:
    
-Veintinueve kilos y medio.

Ambos quedaron contentos con el acuerdo alcanzado. Cuando abandonó la casa del mexicano se encaminó al lugar donde seguía sin vender la otra camioneta del transportista, una Gadford. La adquirió y quedó en volver por ella, y pagarle tan pronto como dispusiera de chofer. Aprovechó para preguntarle si estaría dispuesto en un futuro a trabajar para él como transportista. No obtuvo respuesta, tal vez porque no se fiaba de él. Sin tener chofer disponible pensó que nadie mejor que Gloria para conducirla, así que aquel mismo día, al volante de la Chevrolet, empezaron las prácticas. Inicialmente no se le daba nada bien, pero aceptó de buen grado esta nueva actividad y conducir la camioneta dejó pronto de ser un problema para ella. Aprendió a manejarla como una experta conductora.

Un domingo para hacer prácticas, ella al volante, fueron hasta Tula donde pasaron la noche y como siempre el amor acompañó al sexo. El examen de conductora fue satisfactorio, ya estaba preparada para acompañarle con este vehículo. Pasaron a la  vuelta a recoger la Gadford y pagarla con la plata, ya transformada en monedas de curso legal para esa fecha por el mexicano.

Continuaban los preparativos de la boda, y como menú especial pensaron en una especie de marmitaco como primer plato, la carne ahumada de tortuga como segundo, frutas del tiempo y pan dulce de postre, acompañado de pulque y otros licores.


Continuará...

Si quieres conocer un pequeño argumento lee: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html

Si lo que te apetece es PATROCINAR o suscribirte para adquirir un ejemplar de la obra, se precisan previamente 150 suscripciones para publicarla, ponte en contacto conmigo: vilela@resellos.com
Publicar un comentario