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viernes, 16 de mayo de 2014

"De señorito a señor" (80)


Dionisio quería experimentar en aquellos consumidores, habituados a comer carne de tortuga desde siempre, la reacción ante su nuevo sabor. Espera obtener buenas palabras sobre la calidad del producto. 

Llegó el día de la boda. Algo nerviosos por tener que presentarse delante de aquel oficiante barbudo, considerado como un Santo entre los habitantes del pueblo, que tras ellos formaban el cortejo ataviados con trajes de vistosos colores. El santero sabía más por viejo que por diablo; sólo cuando vio el brillo de los reales de a ocho y pedazos de plata pura esparcidos sobre una bandeja para ser contemplados antes de ofrecerlos a los dioses, tomó una actitud conciliadora y amable, en contra de la que había demostrado hasta entonces, distante y malhumorada. Al final de la ceremonia, explicó que dadas las circunstancias de los contrayentes, daba por válido el casamiento a pesar de haber sido realizado a la española. Con una sonada salva de aplausos terminó la ceremonia y todo el pueblo partió en procesión hasta la finca donde estaba la tejavana con la carne de tortuga ahumándose.

Los caballetes que soportaban dos filas de mesas dejaban un ancho pasillo entre ellas. Al final, desde otra mesa colocada transversalmente los novios presidían el banquete con el oficiante y completando los asientos de esta mesa principal, en bancos preparados para la ocasión,  Acevedo, Tomás y su esposa.

Dionisio estaba impresionado ante aquellas músicas desconocidas que sonaban a su paso, y sobre todo cuando jóvenes danzantes femeninas, ataviadas con largas faldas de volantes de diversos colores le fueron a buscar para que hiciese unos pasos del baile, que desconocía, junto a ellas. Con alegría y ganas de pasarlo bien y buena voluntad intentó imitarlas, sin mucho éxito... La jornada resultó entrañable, especialmente para el nuevo matrimonio.

Antes de retirarse a su habitación en la casa de Tomás, el mexicano y el ya nuevo marido de Gloria hablaron de negocios, como no podía ser de otra forma cuando estaban juntos. Dos cosas tenía en mente el montañés, que aprovechó la circunstancia del momento para preguntarle sin rodeos:

- ¿En cuánto me venderías la finca, la tejavana y la casa donde estuvimos celebrando la boda?

 No acertó a responder nada. Quedó en silencio. No esperaba esta pregunta. Lógicamente no le comentó que por su esposa conocía que sospechaba que tenía ganas de convertirla en plata. El mexicano conocía que la vivienda estaba ocupada por la familia de Tomás, algo que no le gustó mucho cuando se enteró, por lo que le desconcertó esta petición en aquel momento. Reflexionó, y al cabo de un buen rato, cuando ya no esperaba por ninguna respuesta soltó una cantidad:

- La vendería por 20.000 pesos.  

El montañés se quedó pensativo un breve instante mientras hizo un cálculo mental pasando a pesetas dicha cantidad. Teniendo en cuenta que en España la Guerra de Marruecos estaba devaluando el valor de la moneda de manera alarmante, pensó que no debería considerarlo un mal precio en esa cantidad, respondió casi al instante:

Continuará...

Si quieres conocer un pequeño argumento lee: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html

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