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viernes, 13 de febrero de 2015

"De señorito a señor" (121)



Ruth no salía de su asombro al comprobar el sentido recuerdo que conservaba de ella. Un orgullo interior le hizo pasar de la emoción a la alegría, al esbozar sus labios una leve sonrisa tras escuchar aquel comentario. Le preguntó cómo vivía. Goyo mordió en el anzuelo que la inglesa le tendió y no dudó en responder con todo lujo de detalles:

- Como estaba casado y en el convento de Ajo vivía su esposa, que tomó los hábitos, organizó una boda “a la española” con una joven mexicana.

Prescindió de dar detalles sobre el concepto casi virgen, y lo sustituyó explicándole:

- Es como mi esposa…, con la que me casé al poco tiempo de llegar a México. La boda solo se pudo realizar por el rito ancestral de La Aldea donde el oficiante es a la vez el brujo y curandero del pueblo, eso sí, muy respetado por todos. 

Remarcó mucho estas últimas palabras, pero al escuchar tal afirmación, Ruth automáticamente pensó que no sería nunca plato de segunda mesa de nadie y se decidió entonces a pedirle que le trasmitiera:

- Tras su salida de Santander por motivos que no vienen al caso, me vine a vivir a Madrid. Conocí durante la guerra a un buen amigo, hoy ministro, con el que vivo. 

Puntualizó que no conocía el paradero de la persona buscada, conocía que existía, pero que no se volvió a tropezar con ella desde que partió de Santander, por lo que poco le podría ayudar a dar con ella desde Madrid. Con elegancia rehusó la invitación de ir a México porque sus numerosas actividades se lo impedían. Debía presidir muchos actos como miembro destacado de la Falange; además, estaban construyendo con una brigada de trabajadores, prisioneros de guerra, la explanada, cocina y letrinas de cuatro campamentos para instalar en verano a huérfanos de la contienda, y debía dar el visto bueno a muchos asuntos que estaban bajo su supervisión. Pese a las disculpas, agradecía la deferencia que tenía hacia ella, pero por su privilegiada posición actual, no necesitaba ningún tipo de ayuda, ni prebenda. Se quedó con sus señas para escribirle, si fuera preciso. Ya se estaba levantando para despedirse, cuando observó cómo Goyo sacó de su bolsillo un estuche que le entregó. Contenía un precioso sortijón de oro blanco que llevaba un pedrusco engarzado, un diamante de gran tamaño, rodeado de numerosos brillantes más pequeños, una pequeña obra de arte de orfebrería recibida antes de partir, para cuando se produjera este encuentro. Cuando Ruth lo desenvolvió y abrió la caja, la luz de la gigantesca lámpara que alumbraba el saloncito hizo relucir los brillantes como espejos y el diamante resplandeció como si tuviese luz propia. Volvió a quedarse gratamente sorprendida. Aceptó el regalo de buen grado y le pidió que le transmitiera su agradecimiento, pues según ella, no lo merecía. Ambos abandonaron el salón y fueron en busca de Ojos Verdes y el subsecretario. Continuaron charlando juntos un rato, y el matrimonio recibió la invitación de acompañarla al teatro con su marido a una representación de Fuenteovejuna aquella misma noche. Ninguno de los dos invitados habían estado nunca antes en una función de teatro de aquel nivel; pero por cortesía la aceptaron.
Continuará...

Si quieres conocer un pequeño argumento lee: http://lucesenlasminas.blogspot.com.es/2012/11/de-senorito-senor-un-poco-del-argumento.html
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