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jueves, 14 de mayo de 2015

"De señorito a señor" (158)


con intención de poder hablar con ella. Era un científico no un poeta y no encontró en los versos la válvula de escape a sus sentimientos. Se volcaba en su trabajo. Casi todas las noches iba a cenar y a conversar con Gloria y Dionisio a su casa, pues, según le decían: a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia. Con el paso del tiempo se convertiría en su asesor de confianza en asuntos técnicos. Intentaban distraerle un poco, comentando la satisfacción que tenían por los avances en los trabajos del puerto, la fabricación y colocación de los grandes bloques de cemento, el petróleo, las minas, la fundición,… No encontraba consuelo. Como no podía conciliar el sueño, mi hermano por las noches redactaba en su diario todos los asuntos que hablaban noche tras noche con todo detalle, entre ellos, la azarosa vida del montañés hasta ese momento, a modo de confesión permanente y mi hermano, la suya propia, que no fue tan frenética. En el trabajo por el día y en su diario por la noche, encontraba la única manera de dejar momentáneamente de pensar en su amada, porque siempre las desdichas persiguen al buen ingenio. Sufría mucho y sus escritos al referirse a los recuerdos tras su fallecimiento, lo reflejaban. De forma permanente su rostro afligido y mirada triste dibujaban su estado de ánimo.

Para mostrar el aprecio que sentía hacia él, Dionisio invitó a Acevedo una noche a que les acompañase en la cena, y en el momento en que la tristeza con más fuerza flotaba en el ambiente porque se echaba en falta los comentarios de mi cuñada, fue aprovechado por el anfitrión para pedirle al mexicano que comprase los terrenos colindantes al cementerio e iniciase las gestiones para conseguir ampliarlo, encargó a Francisco que diseñara dos panteones idénticos, sin escatimar gastos, uno para construirlo sobre la tumba de Sara y otro para él, pegado al de ésta, pero fuera del recinto,  donde quería ser enterrado una vez llegada su muerte. 

Mi hermano puso toda su alma, su corazón y su sabiduría en el diseño del panteón. En cuanto pudo, se puso al frente para dirigir su construcción. Pidió que le llevaran piedras de granito, como las utilizadas en Galicia para construir los hórreos, son tan resistentes escribía, porque el paso del tiempo no parece que las afecte. Poco a poco se fueron tallando los bloques y levantando las paredes. En el interior colocó mármoles de diversos colores. El panteón de su esposa fue el primero en concluirse. Estuvo casi año y medio controlando las obras hasta que finalizaron las de ambos panteones.
  
El trabajo era insuficiente para aliviar sus penas; en ocasiones recordaba la historia de La Searila. Debía evitar que le sucediera lo mismo que a su enamorado galán y esposo, quien se volvió loco de amor. Tampoco encontraba remedio buscando consuelo en las desgracias ajenas y trató de evitarlo. El puerto, la brisa, la mar, las mareas, las grúas, las vías, la gente, los problemas, la muerte, Sara... Llegó a una conclusión: debería tomar otro rumbo su vida, como en su día había hecho su amigo Dionisio.

Fue tratado por el matrimonio como un hermano. Si no llegaba a cenar, mandaban ir a buscarlo…, al final éste siempre aceptaba y acudía, pues también eran para él su familia. En una de las veladas en que estaban juntos manifestó su intención de volver a España, pero enseguida hizo la precisión de que no se preocuparan. No lo haría sin haber concluido las obras del puerto. Lo cumpliría. Siete años después de haber llegado a La Aldea, el muelle y el espigón que cerraba en parte la concha estaban construidos y un ferrocarril comunicaba el puerto con el pueblo.
Continuará...

De esta novela haré una edición en papel cuando termine de publicarla en este blog. Reserva tu ejemplar vilela222@gmail.com
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