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jueves, 21 de mayo de 2015

"De señorito a señor" (161)


Se sintió ninguneada, a pesar de que para ella fue el hombre más atractivo del verano que coincidieron en Navia y lo recordaba. No estaba acostumbrada a que nadie se atreviera a no responder de manera inmediata a sus preguntas. Aquel hombre tenía esa osadía. Se las pagaría… Con el rabillo del ojo vio cómo se aproximó y sacó del armario una de las maletas de su equipaje, la puso encima de la cama y extrajo un pequeño paquete muy bien envuelto y forrado con papel dorado. En ese momento cambió algo su semblante. Después volvió a colocar la maleta en su sitio, cerró el armario y se aproximó al velador con intención de tomar asiento. Llaman a la puerta. Se oye una voz desde el otro lado que dice:

-Los cafés que encargó el señor.

Mi hermano posó la caja encima del velador donde permanecía sentada la inglesa, abrió la puerta y pidió al camarero que, por favor, los sirviese donde estaba sentada la señora. Como no podía ser de otra forma; el camarero procedió a cumplir el encargo y tuvo que retirar hacia un lado la caja para que cupiesen las tazas. Una vez servidos, se retiró tras recibir una generosa propina. Abandonada la habitación, cerró la puerta.

De nuevo, sentados frente a frente, empezaron a degustar los cafés. Para romper el hielo, mi hermano empezó a hablarle de Dionisio, y vuelve a escuchar las mismas palabras dichas por Goyo, diciéndole que era una de las personas más ricas y de los más considerados en todo el estado mexicano. Después añadió:

- Antes de partir, me pidió que le hiciese entrega del presente que tiene Vd. sin abrir a su lado.

Enseguida se apresuró a decir:

-Por favor Francisco, no me trates de Vd., tutéame como ya hago contigo desde que nos conocimos en Navia.

Como una niña con juguete nuevo procedió a romper el envoltorio exterior y extrajo el estuche de cuero. Lo abrió y pudo ver cómo resplandecía la hermosa diadema de oro con un descomunal diamante engarzado en el centro y que estaba escoltado por numerosas esmeraldas que hacían al conjunto armonioso y bello. Un ¡ah!… muy pronunciado se le escapó al observarlo. No pudo reprimirse, se levantó y lo puso a la altura de su pecho. Pidió a mi hermano que le ayudase  a cerrar el broche en la parte posterior de su cuello. Nunca se había tenido en sus manos una joya tan bella.  Emocionada, se aproximó a un gran espejo colgado delante de la mesa del escritorio y sin darse cuenta, como si estuviese sola en la habitación estuvo observándolo un largo rato como una colegiala. Cuando se percató de este detalle, que no estaba sola, volvió sobre sus pasos y se sentó a degustar el resto del café, ya frío, que quedaba. Al acercarlo a sus labios comprobó esta circunstancia y lo dejó sin tomar.

Deslumbrado un poco por la reacción de Ruth, mi hermano sí fue saboreando su café, observando los movimientos de su invitada ante el espejo. De nuevo frente a frente, ella con el diamante y las esmeraldas luciendo en su pecho, mi hermano continuó hablando:
Continuará...

De esta novela haré una edición en papel cuando termine de publicarla en el blog. Reserva tu ejemplar escribiendo a  vilela222@gmail.com
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