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viernes, 12 de junio de 2015

"De señorito a señor" (171)

… insistí tanto en que quería vivir una vida más tranquila, que instruyó a dos empleados jóvenes, venidos también de España en las labores que él realizaba. Uno resultó un gran comercial y el otro, después de pasado cierto tiempo, también mejoró aunque no tenía el don de gentes necesario para aquel trabajo, pero poco a poco se fue defendiendo en lo que era algo innato en el otro. Mientras no pudo delegar sus funciones, continuamos los dos vendiendo tabaco y puros por toda la geografía norteamericana.

Con tanto trasiego, nos olvidamos de tener hijos. La hermana de Sara me instruyó para evitarlos, pero cuando quisimos tenerlos, Dios nos lo negó; por ello, se notaba que nos faltaba algo, aunque fuimos muy felices hasta que mi marido contrajo una enfermedad que me lo quitó de mi lado en poco tiempo. Sólo llevaba dos años y medio en América a su lado.

Se detuvo un instante en la narración. Respiró hondo y continuó dirigiéndose a mi hermano:

- Cuando recibí la invitación de tu hermana Pepita, insistiendo en que viniese a su casa la primera vez, tras haber quedado viuda un año antes, me lo pensé, y tras varios días de incertidumbre me dije a mí misma. ¿Por qué no hacer un viaje a España aquel verano?

No había vuelto a Noja. Mis padres, aunque mayores, vivían los dos. Necesitaba volver a ver a mi familia. Mis abuelos, en cambio, fallecieron al poco tiempo de haber emigrado. La emoción de volver me hizo aceptar tu invitación. Anuncié por carta a mi familia y a la de Rogelio la decisión de volver a España.

El reencuentro familiar fue muy entrañable. No querían que volviese sola a Puerto Rico. No descartaba en un futuro regresar y vivir el resto de mi vida en Noja o en Omoño, aunque antes debería de dejar solucionadas las cosas allá en América, para poder vivir desahogadamente a mi regreso.

Sí, no he dicho mal, regresar a vivir a Omoño, el pueblo de mi marido fallecido… Es que fui invitada, recién llegada, a pasar con los padres de Rogelio unos días, continuaba siendo la viuda de su hijo y no nos habíamos visto tras su muerte. Consideré obligado por mi parte aceptar también la deferencia.

En la casa de los padres de mi marido, continuaba soltero su hermano Teodoro. Ya os he dicho que lo veía muy tímido; pese a ello, me trataba con especial exquisitez. Halagada por este trato me ofrecí, al segundo día de mi llegada, a llevarle, la comida a una cabaña que tenía en una finca que llamaban El Cuervo, situada a la vera del camino que llevaba hasta Liermo. En esta cabaña tenían las novillas y una finca bastante grande, propiedad de la familia, pues las tierras que estaban en la mies, las más fértiles, las llevaban en arriendo, siendo propiedad del rico del pueblo. Teodoro madrugaba para ir a segar la hierba para las novillas y las vacas, aprovechando la rociada, luego cargaba un carro con volquete donde aparejaba una yegua y se llevaba parte de la hierba para alimentar a las vacas de leche que estaban en la casa, donde vivían de renteros.
Continuará...
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