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jueves, 4 de junio de 2015

"De señorito a señor" (167)



Mi hermano no vuelve de inmediato a Onís después de acompañar a Diana al aeropuerto, se queda en Madrid, va a visitarme a mí, a su suegra y a su cuñada. Yo continuaba estando soltera y trabajaba en el mismo despacho de abogados. Vivía sola aunque estaba conmigo cuando llegó mi hermano, mi amiga Arancha, quien pasaba unos días antes de regresar a Coguas, Puerto Rico, donde residía.

Mi casa en Madrid, muy grande, disponía de varios cuartos y no me causaba ningún trastorno la llegada de mi hermano. Desde pequeños nos tuvimos mucho aprecio, aunque a veces regañábamos como hacen todos los hermanos. Su  estancia en nuestra compañía le va muy bien a su corazón destrozado ante tanta adversidad, que parecía una constante en su vida. Por las mañanas caminaba por el Madrid de los Austrias, visitaba la Biblioteca Nacional y los museos, pues, según él, la adversidad ahuyenta a los amigos. Pasaba otras muchas horas en el Museo del Prado contemplando los cuadros de Goya, por el que sentía especial devoción. Regresaba después de comer en un restaurante, sito en la Plaza Mayor, donde preparaban menús gallegos, que tanto le gustaban.

            XXXIII. LA HISTORIA DE ARANCHA

Mi hermano tenía por costumbre dormir la siesta y las veladas nocturnas nos resultaban muy amenas al recordar los tiempos pasados en Noja y su emocionante vida. También Arancha nos contó la suya una noche:

-Un domingo cuando estaba cortejando en Noja a mi novio Rogelio, ya sabes Francisco, el chico que conocí después de marchar tú a Valladolid el último verano que estuviste en Noja.

Vivía en Omoño. Sentados, como casi siempre en una curva pronunciada a mitad del callejo, que terminaba delante del corral de la casa de mis abuelos, estábamos echando planes sobre nuestro futuro, que se presentaba muy incierto. En muchas ocasiones  lo veíamos con muy poco porvenir en el campo por carecer de hacienda, y en esa época teníamos otros trabajos con mala pinta por todas partes. Sin conocer los motivos, aquel día, me contó una historia de un tío suyo.

Su nombre era Juan G. Pumariega. Siendo joven embarcó para ir en busca de fortuna a Cuba donde sabía que, con ganas de trabajar siempre se encontraba a algún peninsular ya instalado, que echaba una mano a los compatriotas recién llegados por resultar de más confianza para los españoles instalados en la isla. Empezó de pinche en una tienda de tejidos. Aprendió el oficio de compra-venta de telas, adquirió experiencia, y conoció los principales proveedores y clientes del propietario del negocio. Al morir éste, unos pocos años después, sus herederos traspasaron la tienda a Juan. Prosperó y en 1878 tenía un negocio propio en Cienfuegos. Su establecimiento se llamaba: “La Moda. Taller de Camisería, Sastrería y Depósito de Novedades“. Estaba situado en San Fernando, 23.

Continuará...
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