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viernes, 5 de junio de 2015

"De señorito a señor" (168)







Escribía algunas veces a sus padres, y la madre de mi novio Rogelio conservaba algunos de sus escritos. Un llamativo sobre amarillo contenía una carta franqueada con dos sellos de Cuba de cinco céntimos de peso, matasellados en 1882. Procedía de la ciudad donde estaba ubicado el negocio, y en el sobre, en la parte superior derecha, se podía leer: “Por Hoz de Anero”. Su destino, Omoño.

La carta estaba dirigida a su padre, José, donde, además de enviarle información sobre sus nietos pequeños, que tenían problemas de salud propios de su edad, Ignacio, el más pequeño, tenía calentura y aquella noche le suministraron quinina; le hacía una reflexión sobre una petición realizada seguramente con anterioridad:

“Veo que mi madre está decidida a no complacernos enviándonos su retrato y a fe que lo siento, pues estoy impacientísimo de tenerlo, copiarlo en tamaño mayor y hacerlo figurar en la sala de mi casa al lado del suyo“.

Rogelio me sugirió la siguiente pregunta:

-¿Qué habría hecho mi pobre tío a su madre para no complacerle con tan modesta petición? No lo comprendo, teniendo en cuenta que los gastos que se ocasionaban corrían de cuenta suya.

Sin dudarlo respondí:

-Pues para mí es muy sencillo, que se fue para Cuba sin su bendición, y no le había perdonado en la fecha de la carta, perduraba su rencor. Ya conoces a algunas personas mayores, parecen gente muy dócil, pero con el vecino que resida lejos de su vera; y en cambio, son rencorosas con todo aquel que le lleve la contraria y este rencor lo llevan hasta la tumba. Pobres sí, pero con un orgullo que les hace equivocarse de esta manera.

El mismo día o al siguiente, Juan recibió nueva carta de su padre donde le pedía ayuda económica y le anunciaba que estaba enfermo. Su hijo le volvió a redactar otro escrito donde le deseaba y prometía:

“¡Dios quiera que salga V. bien de la operación!
Haré cuando me sea posible para poderle mandar alguna cosa, aunque no es cierto y seguro; pero repito, haré cuanto me sea posible“.

Juan envió veinte duros de plata a sus padres en Omoño por mediación de otro emigrante, amigo de confianza, quien se los entregó a su madre.

Rogelio me añade:

Continuará...
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