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miércoles, 10 de junio de 2015

"De señorito a señor" (169)



No conozco el desenlace, pero desearía que se hubiera recuperado el padre de mi tío y le hubiese permitido complacer la petición que le hizo su hijo y, que el deseado retrato de su madre llegara a sus manos.

Por la siguiente carta, de 1896, conocía que tenía un próspero almacén de tejidos de todas clases: “La Americana de PÉREZ PUMARIEGA y Ca.”, en San Rafael 29.- HABANA. Los sobres en esta ocasión, sin escrito conservado en su interior, se los remitía a su madre, Luisa Salcedo, por entonces, viuda de Pumariega.

Estas son las cartas que conservaba mi madre de su hermano, pero resulta que hemos recibido ayer otra de uno de sus hijos; en esta ocasión desde Puerto Rico.

Conocedor de la penosa situación que atravesábamos aquí, la envió para intentar que uno de sus primos fuésemos a trabajar con él en un negocio de tabacos que tenían. En este grupo de posibles emigrantes estoy yo.

Detuvo la narración unos instantes y quedamos en silencio. Arancha recobró el aliento, y continuó:

Llevábamos saliendo juntos menos de un año. Yo me estaba enamorando de él y creo que el enamoramiento era mutuo. No obstante, no estábamos seguros de que nuestra relación fructificara. Para mí fue el primer muchacho con el que mi corazón latía de manera especial, contaba los días que faltaban para que llegase cada domingo; pero si aceptaba la oferta de su primo y partía, pensaba que sería un golpe difícil de superar para mí, pero en su casa lo animaban: una boca menos que alimentar y podrían sustituirle en su trabajo sin que se notase nada, venían detrás sus otros dos hermanos algo más pequeños. Tenía una hermana mayor. Todos pensaban que un futuro favorable para él y toda la familia podría estar esperándoles en Puerto Rico.

Aunque sin desearlo, me fui dando cuenta de que lo iba a tener por poco más tiempo a mi lado; así fue. Marchó antes de dos meses desde que hablamos de las cartas, en cuanto dispuso de pasaporte, además de la oferta de trabajo necesaria para obtener el visado. Desde Nueva York viajaría a Puerto Rico y podría ser residente. Lo sentí mucho, lloré el día que me lo dijo y casi desesperadamente el día de la despedida. Me prometió que volvería a buscarme antes de dos años. Me pidió que le aguardara, al menos, durante ese tiempo. Se lo prometí.

Resultó una larga espera para mí, nuestros lazos de amistad se fueron afianzando gracias a periódicas cartas que nos escribíamos. Dicen que la distancia es el olvido, no fue en nuestro caso, Rogelio fue muy insistente. También en su trabajo. Cuando aprendió a defenderse en el idioma viajó en los Estados Unidos por ferias, exposiciones y eventos. Se relacionó con importadores de prestigio y consiguió suculentos contratos para la firma de tabaco de sus primos. Desde cualquier rincón, por pequeño que fuese, me enviaba una bonita postal y siempre terminaba pidiéndome, cuando ya empezó a tener capacidad económica suficiente para sentirse algo en la vida, que empezara a arreglar papeles para viajar con él a Estados Unidos donde nos casaríamos. Ya tenía comprada una casita para, llegado ese momento, empezar a vivir juntos.
Continuará...
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