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jueves, 11 de junio de 2015

"De señorito a señor" (170)


Llevaba en América más de un año, y coincidiendo con mi cumpleaños, un día se presentó en bicicleta, todo sudoroso, su hermano Teodoro. Tenía que pedalear un buen trecho desde Omoño (donde subía una cuesta con mucha pendiente a la salida del pueblo, luego bajaba a Güemes, llegaba hasta Meruelo, continuaba por Castillo y terminó en Noja). Conocía el lugar donde me encontraría. Los perros avisaron de su llegada. No lo conocía, pero por la pinta supe que se trataba de uno de sus hermanos. Era tímido. Me saludó y se presentó un poco ruborizado como hermano de Rogelio. Le pregunté si se llamaba Teodoro. Me lo confirmó mediante un gesto con la cabeza. Abrí la portilla verde y lo mandé pasar. Rehusó mi invitación de subir al piso donde vivíamos. Añadió que venía a entregarme un pequeño paquete, muy bien precintado, que su hermano envió por correo en una caja, junto con otros regalos para sus hermanos y sus padres antes de los Reyes, pero con la fecha de entrega escrita por fuera para entregármelo ese día a mí. Desconocía lo que contenía. Le invité a tomar algo. Me pidió agua fresca. Se sentó en un banco de piedra que teníamos debajo del corredor de la casa. Estaba ansioso por conocer de qué se trataba el regalo y, como yo también estaba intrigada, procedí a abrirlo en su presencia.

Roto el papel del envoltorio, apareció un bonito estuche de terciopelo azul. La ansiedad fue en aumento. En su interior encontré una cadena de oro con un colgante. La silueta de un corazón roto con una leyenda en el anverso que decía: Rogelio, y si le dabas la vuelta leías: Te quiero. Creo que en aquel momento me emocioné; y aunque no lo recuerdo, estoy segura de que alguna lágrima dejé escapar. Su hermano también se emocionó. Pronto tomó la bicicleta y tras despedirse, partió para su casa. Aquel día me lo puse. Y ya lo veis, todavía lo llevo colgado en mi cuello, aunque ahora lleva dos nombres.

Tanta fue la insistencia en contraer matrimonio, que mis padres exigieron que me casara antes de iniciar el viaje para ir a vivir con él. Rogelio lo vio muy bien, pues estar casados era preceptivo para obtener visado de entrada. No resultaba conveniente para la empresa que dejara, aunque fuera momentáneamente, su intensa actividad comercial en Estados Unidos para regresar a por mí para casarse, aunque me manifestaba que lo haría si fuera necesario. Pidió a uno de sus hermanos en Omoño, Teodoro, el que me trajo su regalo, que arreglase lo que necesitara para casarse conmigo en su nombre, por poderes, en el juzgado, y a mi llegada a Puerto Rico, lo haríamos por la iglesia. Mis padres no lo asumieron muy bien, pero como yo lo estaba deseando tanto, aceptaron un poco a regañadientes.

De esta forma, en el juzgado de Santoña me casé con su hermano y me convertí en esposa de Rogelio y allá me marché, a América, en su búsqueda. Llevé conmigo toda la documentación necesaria que, antes de partir me ayudó a preparar don Agustín, el cura. Nada más llegar a Puerto Rico ya estaba todo preparado para la boda que celebramos con muy pocos invitados.

El año de mi llegada resultó inolvidable y muy emocionante la estancia por todos los lugares que visité acompañándole por los Estados Unidos. Los meses pasaron como un cuento de hadas; pero transcurrido ese tiempo, lo de ir de hotel en hotel, de ciudad en ciudad, todo el día en la carretera, la verdad es que añoraba regresar a Puerto Rico a la pequeña casita, lugar donde más a gusto nos encontrábamos. Le...
Continuará...
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