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miércoles, 17 de junio de 2015

"De señorito a señor" (172)



Cuando me vio llegar por la mañana con el cesto de su almuerzo, llevó una gran sorpresa. Le ayudé a rastrillar la hierba que quedaba por recoger con la prada; mientras él con el cuévano colocado a sus espaldas metía parte para las novillas. Después, el resto se cargaba en el carro, se tapaba con un sagallino, se ponía la caballería a la sombra de una gran higuera que jalonaba la entrada de la finca, y empezaba con su almuerzo.

Como conocía su timidez, le tiraba de la lengua, le preguntaba si tenía novia y cosas similares algo picantes, que si bien le hacían poner cara de alegría unas veces, incredulidad otras, se ruborizaba en más de una ocasión…; todos estos detalles nos permitieron pasar una mañana muy entrañable a los dos. Me invitó a subir al carro repleto de hierba para que no tuviese que regresar andando. Acepté, y me ayudó a subir. Noté que sus manos primero me cogían con fuerza por la cintura y después me empujaban. Una vez arriba me acomodé y se preparó un hueco a mi lado. Tomó las riendas de la yegua y avanzamos unos metros hasta salir del corral. Volvió a detenerse y se bajó del carro a poner los tarancones en su sitio para que hiciesen de portilla, por si algún animal se soltaba del pesebre no pudiera salir y escaparse. Por la tarde debía regresar a llevarlas al agua hasta el río y quedaban sueltas toda la noche en el enorme corral, situado en el lateral de la cabaña, quedaba bien cerrado. Volvió a sentarse a mi lado.

El camino tenía mal firme, lo que hacía que se rozaran nuestras piernas al desnivelarse el eje de las ruedas al pasar por los baches, unas veces hacia un lado y otras hacia otro. Confieso que empecé a notar escalofríos, sobre todo cuando en un bache muy grande me agarré fuertemente a él y en ese momento me tomó por la cintura y me apretó contra su cuerpo. Al aproximarnos a las casas, me soltó y se alejó un poco de mi lado. Pensé en él por la noche.

A la mañana siguiente, cuando llegué con su almuerzo, ya lo tenía casi todo hecho. De esa forma consiguió disponer de más tiempo para conversar conmigo sentados en dos bancos de madera de tres patas. La mañana nos resultó muy agradable a los dos. Ya nos íbamos a levantar para marchar, cuando me cogió con suavidad, me acercó su cara y me dio un beso. Yo lo agradecí, me gustó, lo estaba deseando, pero le dije que no podía ser… Lo comprendió, pues no insistió, aunque yo lo hubiese deseado. Nos preparamos para regresar en el carro hasta su casa con la carga de hierba, y al igual que el día anterior me empujó con fuerza las nalgas para que pudiera subir a la parte superior. Esta vez me agarró por la cintura nada más cerrar la finca y yo le ayudé, aproximándome a él todo lo que pude. Me volvieron a entrar escalofríos, aun con mayor intensidad que el día anterior.

En su casa me miraba con unos ojos que delataban que, en mi presencia, su corazón latía de manera especial. Enseguida me di cuenta, y los de su casa también. Yo intentaba disimular, ignoro si lo conseguiría. Decidí poner tierra de por medio, pues ante sus padres no debería dar la impresión de lo que no era: una devoradora de hombres. Así que al día siguiente, en vez de ir a llevarle el almuerzo, me despedí y me marché.

Continuará...
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