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viernes, 19 de junio de 2015

"De señorito a señor" (174)


...comprobé que estaba encinta. Como supondréis, empezamos a vivir juntos nada más llegar. Entonces decidimos casarnos. Nació el hijo que engendramos en la cabaña y luego otro más, ahora ya casados y con familia. ¡Ya tenemos siete nietos! Teodoro y yo continuamos juntos. Nos casamos por la iglesia y somos muy felices.

La segunda invitación de Pepita llegó hace tiempo, y también con mucho gusto acepté venir aquí otra semana, sobre todo para agradecerle la invitación que me permitió encontrar segundo marido, que se ha quedado allá para no dejar cerrado nuestro negocio. Por eso, aquí me tenéis y estoy muy contenta con vosotros. He estado una semana en Noja y pasado mañana he de tomar el vuelo a Nueva York antes de viajar a Puerto Rico. Espero no haber sido demasiada pesada con mi historia.

        XXXIV. FRANCISCO REGRESA A ONÍS

A Arancha la llevó mi hermano al aeropuerto. La noche anterior las dos estuvimos prestando mucha atención a los relatos que nos contó mi hermano sobre su estancia en México, y el final que tuvo su amada me lo contó a mí un día después de que mi amiga emprendiese el regreso a Puerto Rico. Con sus palabras me puso de manifestó la impotencia sentida por no haber podido hacer nada para ayudarla. Mal podría en aquellos trascendentales momentos él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado. Al terminar de darme todos los detalles sobre el difícil final de su esposa, que afloraron de nuevo a su recuerdo, se echó a llorar, como lo hacía antaño en mi hombro. A partir de ese momento, tal vez porque volvió a revivir aquel duro percance, lo empecé a notar más compungido. El domingo me invitó y me llevó a comer al restaurante donde habitualmente lo hacía a diario. En los postres me manifestó su intención de partir para Onís antes de finalizar el mes. Continuamos dos noches más con los relatos, en esta ocasión relativos a sus excursiones por los Picos y antes de ir a acostarnos la segunda noche, me dijo que debía hablar conmigo de un asunto. Quedé intrigada, pues con todo lo que contaba y la precisión con que lo hacía, pensaba que ya no le quedaba nada más. Por la mañana, al día siguiente, domingo, me pidió que le acompañara a dar un paseo. Lo hicimos por el Retiro. Me habló de su pequeña fortuna que le permite vivir desahogado sin tener que preocuparse de nada y también lo hace de su testamento y de la herencia que yo heredaría de Dionisio si en alguna ocasión faltaban ellos antes que yo. Me dijo que recibió una carta de éste, recomendándole que si le sobraba algo de sus ahorros comprase acciones del Banco Español de Crédito. Así lo hizo, compró quinientas setenta y cinco. Todos sus bienes pasarían a mí, tras su muerte. Me anunció que nombró como albacea al padre de Diana a quien acababa de traer a tomar el avión. Me contó su historia en común y sus lágrimas volvieron a fluir de sus ojos. Tuve que consolarlo. Acabó la conversación diciendo que ya no podía permanecer por más tiempo en Madrid, que los recuerdos le atormentaban todas las noches y que debía regresar a su soledad en las montañas que un día turbó Diana. Yo lo comprendí y le prometí ir a verle, aunque le puse de manifiesto que sería mejor que viniese él en invierno, ya que en verano no paraba en casa, andaba todo el tiempo por el monte con sus trabajos de observación, estudio y supervivencia. Al final no acordamos nada. Nos conocíamos muy bien. Al amanecer del día siguiente, al volante de su Fiat negro, regresó a Onís, donde llevaba instalado muchos años.
Continuará...
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