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viernes, 26 de junio de 2015

"De señorito a señor" (177)



También al montañés le resultó muy duro la dolorosa pérdida de su Chuchina, siempre a su lado desde que se la pidió a Acevedo. En cualquier circunstancia, siempre, le tenía reservada para él una sonrisa cuando lo veía. Se convirtió en el amor de su vida y con ella encontró la estabilidad emocional que necesitaba para poner en marcha sus proyectos y negocios, el aplomo necesario para ampliarlos y, que no le temblara el pulso ante situaciones adversas cuando las hubo. Llevaba francamente mal lo de su fallecimiento. Es más, no pudo soportar esta desgraciada pérdida y le entró una gran depresión.

La pudo superar cuando pensó que su vida ya no tiene sentido y que se le escapaba sin darse cuenta. Empieza a notar en momentos puntuales de gran aflicción que tiene serias dificultades para respirar. Pensaba que, tal vez años atrás hubiera merecido la horca por sus crímenes. Consideró llegado el momento, hacer justicia. Tras varios días de reflexión, en uno de los cuales Acevedo escuchó esta confesión de la que hizo partícipe a mi hermano por carta, consideró, llegado el momento oportuno de cumplir su último deseo, un secreto para todos. En este punto terminó su confesión, pero por las consecuencias, pienso, que desde ese mismo momento comenzó a planificar su propia muerte.

Con el testamento redactado, conocedor de que todos sus sobrinos ocupaban su recién estrenada casa, elegidos todos los herederos, donde incluía el pueblo que lo vio nacer, y a donde todos los años llegaría mucho dinero para hacer escuelas, caminos…, y a todos los pueblos y ayuntamientos de las Siete Villas que necesitasen realizar obras benéficas o las solicitasen, previo visto bueno de Cosme, su albacea. Esta última premisa no se cumpliría nunca porque el sobrino mayor se murió muy pronto. No se olvidó de ninguno de sus socios y empleados. Para todos hubo algo. Dejó escrito lo que quería se realizara con su cadáver, que le enterrasen en su panteón al lado de Gloria; pero antes debería ir a Catorce a despedirse personalmente de sus amigos.

Antes de partir a las fundiciones y a las minas, encargó al mexicano que le comprase un Jaguar descapotable del último modelo. Le argumentó que iba a emprender un largo viaje. Su socio y amigo se emocionó porque pensaba que la depresión que le acompañaba ya estaba superada; o al menos, eso parecía. Al desaparecer Chuchina, le ofreció a Dionisio que escogiera a la casi virgen que le gustase entre todas las que estaban a su servicio, sin excepción. Ya le tuvo que dar una en su momento; a otra, le dio el consentimiento para que se fuera con Goyo y deseaba que se cumpliría el dicho de que no hay dos sin tres. No fue así en esta ocasión. Se lo agradeció, pero declinó su ofrecimiento, a pesar de habérselo realizado de todo corazón, no a regañadientes como en ocasiones anteriores.

En Catorce, celebró una cena de bienvenida a la que invitó a todos los importantes de sus empresas. Cenaron y lo celebraron bebiendo. Daniel observó y le vió beber pulque por primera vez desde que lo conocía. En contra de lo que sucedía en otras ocasiones en que daba órdenes y les leía la letanía que llevaba bien aprendida, estuvo observando a todos, mirándoles detenidamente, pero en respetuoso silencio. Sus acompañantes pensaron que tal vez pasaba por otro mal día de los que tenía de manera habitual, desde que desapareció su compañera, y quería animarse ingiriendo alcohol.

Continuará...
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