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miércoles, 1 de julio de 2015

"De señorito a señor" (178)




Le sirvieron cuantos vasos pidió: Uno, dos, tres, cuatro, mientras el resto de acompañantes contemplaban absortos la maniobra, pues aunque le faltara la inseparable Gloria, siempre a su lado, no les encajaba el momento en el esquema que se forjó el viudo con el alcohol y el tabaco que tampoco soportaba. Vació el primero enseguida pese a su abundante contenido, empezaron a aflorarle las palabras y notársele alegre. Él mismo se dio cuenta y enseguida empinó sin pausas el segundo. La alegría continuaba pero la lengua se trababa y empezaba a repetirse y repetirse en sus argumentos, derivando sus explicaciones a que pensaba fabricar lingotes de plata de mil kilos para que nadie se los intentase robar nunca de su banco. Bebió un tercer vaso. Los ojos se abrían y cerraban dando la sensación de que se iba a dormir en cualquier momento. Con el vaso relleno por cuarta vez, yo pienso que, sacando fuerzas de flaqueza, empezó a beberlo. Tras el primer trago su cuerpo ya no pudo más, se quedó dormido apoyando la cabeza encima de la mesa. Todos aguardaban aquel desenlace por no estar habituado a tomar alcohol, jamás le vieron beber otra cosa que no fuera zumo de frutas, y no se explicaban como había aguantado tanto, así que entre dos de los comensales, algo sorprendidos, le llevaron y lo acostaron en la alcoba.

Tardó en levantarse al día siguiente. Tenía mal cuerpo. No pudo apenas comer, pues no tenía apetito. Por la noche cenó y como de costumbre volvió a acompañar la cena con zumos. Pasó varios días más con Daniel y su esposa en su casa, nunca había  permanecido tanto tiempo de manera continua hasta entonces, pero, en aquella ocasión, determinó visitar todos, absolutamente todos sus negocios y, antes de partir, ya al volante de su coche, le recordó lo bueno que estaba el pulque de la otra noche. Le preguntó si no tendría un par de botellas para beberlas en otra fiesta que celebraría días mas tarde en La Aldea. Como no podía ser de otra forma, el extremeño intentó complacerle de inmediato, regresó a su casa y tomó de la bodega un par de botellas y se las entregó. Para acaldarlas bien, se apeó del coche y las preparó concienzudamente para que no rodasen ni se golpeasen una con otra, los envases eran de cristal. Antes de volver a subir y ponerse al volante, se dieron un abrazo; y a modo de broma le preguntó el montañés que con cuántas copas le tumbó el licor. Sin saber muy bien el porqué de la pregunta, el de Catorce le dijo que la mitad del número de las que en realidad se bebió. Creo que en ese momento, por su pensamiento pasó la idea de que no volvería a estar con él nunca y por el de su anfitrión que sucedía algo raro; de ahí, pregunta y respuesta.

Mientras llegaba el Jaguar importado que se hizo de esperar mucho tiempo, hasta tal punto que Dionisio pensó en desistir en su compra, se dedicó a dar largos paseos por la franja costera desde donde se podía contemplar el puerto desde arriba. Se sentaba al borde y en más de una ocasión, tal vez pensó en arrojarse al precipicio, pero no lo hizo. A sus pies estaba el muelle de cemento y contemplaba con orgullo el espigón del puerto. Un día en que se quedó sentado y sin moverse, cuando había oscurecido, quería conocer la actividad portuaria nocturna y aquella noche invitaba a permanecer en este lugar al que le gustaba acercarse y estuvo observando el movimiento de la gente. A partir de la media noche apenas veía a nadie en el muelle, y según avanzaban las horas comprobó que se paralizaba toda actividad.

Cuando ya no se contaba con él, llegó al puerto de Veracruz un precioso y último modelo de Jaguar blanco, descapotable, con los asientos tapizados en cuero negro. Fue a buscarlo con su chofer. Regresó conduciéndolo. Se paseó en él como antaño lo...

Continuará...
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