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viernes, 3 de julio de 2015

"De señorito a señor" (180)


...porque les gustaba seguir viviendo como toda la vida tuvieron por costumbre. No volvieron a trabajar nunca por necesidad como Dionisio pronosticó. Como disponían de tiempo y tenían dinero, empezaron a ocupar cargos en el Sindicato, que empezaba a controlar las ventas de madera de los montes comunales, la distribución de la paja que venía de Burgos, León y Palencia y del pienso que se empezaba a comercializar con gran aceptación por parte de los ganaderos, ya que las vacas que lo comían mejoraban mucho su aspecto y daban más cantidad de leche durante más tiempo que las que no se les proporcionaba como complemento alimentario. En todo el Ayuntamiento no se podía mover nada sin su autorización o de la persona por ellos designada, pero como fueron labradores y ganaderos antes de llegar a esta nueva situación, su papel lo ejercían más de hombres buenos que de caciques, aunque algo de esto último era habitual en todos los que ocupaban cargos en los pueblos en esa época.
                       
Desde que todos empiezan a ocupar las casas recién construidas, contratan criados y dejan de trabajar, empieza a crearse una leyenda y a flotar en el ambiente una pregunta:

¿A cuántos habría tenido que matar el indiano en México para hacerse con tantas perras?

El día en que llegó a Noja la noticia de su muerte en algunas casas tiraron cohetes. En otras en México, en cambio, le lloraron. Como habíamos escuchado a mi padre decir cuando se moría alguien conocido: Es que esto de heredar algo, borra o templa en el heredero la memoria de la pena, que es razón que deje el muerto.

Al morir sus sobrinos, los millonarios de Noja, sus descendientes heredarán el apodo, las malas lenguas suponían que también el dinero: acertaban. Yo supongo que sus privilegios serían más cuantiosos en capital a los que tenía Francisco para él y sus descendientes durante tres generaciones.

Yo, por mi parte, no estaba casada. No tenía familia. También noté muchísimo el flujo de dinero de la herencia de Dionisio tras su muerte. ¿Dejaría escapar estos privilegios por no tener descendencia?

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Cuando llegó aquel capital de la herencia enviado por el Glorioso Banco Nacional me jubilé voluntariamente. Con tanta cantidad de dinero no contaba y, la pensión que llegaba todos los meses aumentó además considerablemente.

Ejercí de abogada siempre en el mismo despacho, salvo el año en que pasé en Onís tras el fallecimiento de mi hermano. Mis amigas de tertulia en el café notaron algo raro en mí; desde entonces siempre las invitaba yo y no escatimaba gastos pese a jubilarme anticipadamente. Echarían sus cuentas y no les saldrían, aunque conocían de que mi hermano murió sin descendientes, siendo yo su única heredera. Esta  situación, nueva para mí, tal vez porque ya no estaba ocupada en mis labores profesionales, me empezó a cansar. La vida en Madrid me resultaba demasiado ajetreada, necesitaba mayor tranquilidad para dedicarme a mis lecturas, que me apasionaban; hasta tal...
Continuará...
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