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miércoles, 31 de octubre de 2012

Se olvidaron de las lámparas de mina



Es un interesante artículo sobre la minería del carbón en el Valle minero de Turón, en Mieres, pero...
Publicado por el diario La Nueva España con fecha 5 de agosto de 2011, firmado por Eduardo García; una vez más como ocurre con reiteración, se han olvidado de las lámparas, eje fundamental de este blog.
No sé si es porque no quieren, no saben, o saben poco sobre esta temática y, uno siente escalofríos por no decir una palabrota, cuando lee : "casi siglo y medio de trabajo en la oscuridad".  Una vez más destaco que sin iluminación no hay minería subterránea y ya empezó a ser así en Asturias desde época de los astures, mineros que explotaron hace más de 4.000 años las minas de cobre del Aramo en Riosa , a la que siguieron otros en diversos yacimientos.
Amigo lector, saca tus propias conclusiones de lo escrito:

Turón, el valle prometido

Viaje al corazón de una historia minera y centenaria que dejó multitud de elementos arquitectónicos repartidos por una geografía donde manda lo épico

Turón (Mieres),


Eduardo GARCÍA


Sobre la bocamina tapiada del 4.º de San Pedro hay una fecha en la piedra: 1891. Es como estar frente a la historia minera del valle de Turón. Es la bocamina más antigua de las documentadas en la zona, el vestigio más arcaico de un mar de venas subterráneas que recorren la comarca a lo largo de 25 kilómetros cuadrados. Minas en «pisos», unidas por trincheras y planos inclinados, conectadas entre sí por el interior, escenarios de casi siglo y medio de trabajo en la oscuridad. El paisaje minero del valle de Turón es una de las ocho joyas históricas del patrimonio industrial asturiano incluidas en la lista de las cien mejores referencias en España elegidas por el Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial, entidad asesora de la UNESCO.


En Turón los pozos están cerrados, pero se respira mina. La Naturaleza se encarga de disfrazar el pasado, de taponar agujeros de explotaciones de montaña que convirtieron el valle en un queso gruyère negro como la hulla. En este valle llegaron a abrirse más de 400 bocaminas, y aún quedan localizadas unas 80. En los escenarios de aquella industria intensiva, lejos ya los ruidos de las vagonetas y los martillos, es fácil entender por qué las cuentas no salían (o por qué llegó el día en que dejaron de salir, para ser más exactos). Orografía difícil, comunicaciones enrevesadas... Pero el carbón lo impregnó todo: las aguas de los ríos (para mal), el carácter de las gentes (para bien), el fluir de la vida cotidiana. Y el paisaje.


Turón es un museo. O podría serlo. Un turonés de pro, el montañero Ángel Ortega, miembro del Foro Cívico de Medio Ambiente de Mieres, lleva seleccionados cientos de elementos mineros, muchos de ellos en ruinas o en peligro de estarlo. El caso más significativo es un fantasma llamado Pozo Santa Bárbara, con instalaciones abiertas y convertidas en el paraíso del yonqui. Desde las ventanas desnudas, a pie de carretera, se puede observar la envergadura abrumadora de la sala de máquinas. Santa Bárbara es una asignatura pendiente, quizá rehén de sus propias dimensiones, pozo sobre el que sobrevuelan planes que nunca llegan a concretarse. El castillete de Santa Bárbara, ahí en pie, dejó de funcionar en 1993 tras no pocas movilizaciones contra una muerte anunciada.


Hoy el valle cuenta con unos cinco mil habitantes, la cuarta parte de los que tuvo en los años sesenta, cuando las fábricas bullían. El patrimonio minero de Turón se deja ver en cada vuelta de carretera, en cada esquina urbana o rural. Para una mejor perspectiva, nada como dejar la localidad, superar el cementerio, subir hasta la bocamina de San Francisco, explotación dependiente del grupo San José, y contemplar a pocos metros Turón al completo, buena parte de esos 15 kilómetros lineales de valle que se funde con la montaña. Lo observamos desde la cabecera de uno de los múltiples planos inclinados de la zona, uno que iba directamente a ese pozo San José, el pozo local por excelencia, con su castillete rojo a orillas del río Turón.


Puede que no exista un lugar en España con mayor número de referencias mineras en tan escaso espacio. Casi todas son pasado y algunas hielan la sangre como el monumento a las víctimas de la represión fascista a pie del Pozu Fortuna. El escenario del horror tiene hoy aspecto y vocación de parque. Centro de interpretación, paneles que cuentan la historia, una lápida, unos versos de Montse Garnacho...


«¡Callái!


¿Sentís cantar el aire?


Sí, son nomes...»


La entrada al Pozu Fortuna está tapiada. Tiene fecha de 1934. El Fortuna y el Santa Bárbara se comunicaban desde el interior. A pocos metros se ve el edificio que fue polvorín minero para todas las explotaciones del valle. Desde allí al alto de La Colladiella hay una carretera sinuosa y empinada. La Colladiella la remata el monumento al minero y, bajo él, la primera mina imagen que con fines turísticos funcionó en el Principado. Hoy está abandonada desde que en los años setenta se decidiera su cierre.

La primera mina del valle fue abierta en 1867, pero el gran año histórico es el de 1890, cuando recala la empresa Hulleras de Turón y cambia los ritmos de vida de este rompecabezas geográfico que llegó a tener 140 aldeas y caseríos poblados. De todo ello, de la historia enraizada en las entrañas de la tierra, queda una impronta difícil de definir, y más ahora, en tiempos de última reconversión. A medio camino entre el orgullo por el pasado y el escepticismo frente al presente. Del futuro, Dios dirá.


La economía siempre fue mixta, de campo y mina, y cuando se alcanza el área recreativa de El Mosquil, tras superar la senda verde de La Molinera, esa simbiosis de sectores productivos aparece en toda su extensión. El edificio de oficinas que Hulleras de Turón tenía en El Mosquil debía de ser impresionante a la vista de sus ruinas, tres pisos de piedra robusta en medio del bosque, con su plano inclinado y la entrada a la mina, que pertenecía al grupo de La Güeria. Las ruinas inquietan, como ocurre más abajo con las de Santa Bárbara y su desnuda sala de máquinas. Y eso que en El Mosquil el día es magnífico y un par de potros saltarines le dan vida al paisaje. Funcionaba hasta allí un tren minero que salía de La Cuadriella hasta La Molinera, unos 8 kilómetros para subir y bajar a los trabajadores.


Bajo nuestros pies, explica Ángel Fernández Ortega, todo está horadado. El carbón bajaba por planos inclinados, uno tras otro, hasta su primer destino, La Cuadriella, donde se lavaba; y desde allí, por tren, hasta los puertos, fundamentalmente el de San Esteban de Pravia, para ser cargados camino del País Vasco a fin de alimentar los altos hornos. El trabajo de interior tenía mucho de épico, pero el transporte de la materia prima no se quedaba atrás.


Turón mantiene sus hitos en altura. Uno es el castillete del pozu San José, que ejerce de torre de catedral industrial (el nomenclátor turonés está plagado de santos). Otro es la chimenea de La Cuadriella, que está desmochada pero al menos en pie. De milagro. La levantaron en los años veinte, dentro de la primitiva central termoeléctrica. «La Cuadriella se constituyó como el centro neurálgico del revoltijo industrial» que se llevó por delante a finales del XIX cerca de cinco mil hectáreas de las mejores vegas, dice Ángel Ortega. «Y con poco dinero y muchas presiones», que es, al fin y al cabo, como los pioneros de la industria minera asturiana se hicieron ricos.


El barrio de San Pedro -más santos- mantiene un buen puñado de casas de tipología minera, arañando espacio en la colina. En la mayoría de los casos, bien cuidadas. Abajo, junto al campo de fútbol, son evidentes los restos del antiguo cargadero de San Benigno, que recogía carbón procedente de distintos planos inclinados. Piedra de mampostería y sillería noble para una infraestructura que tenía 45 metros de largo y 6 metros de altura. El Grupo San Benigno comenzó a producir en 1917, años de expansión febril.


En aquellas décadas el valle se puebla de emigrantes castellanos, gallegos y andaluces, las casas reciben huéspedes, los hórreos se convierten en viviendas alternativas. Hubo quien soñó que aquel relativo Dorado iba a durar toda la vida. Pero hasta los sueños se agotan. Puerta abierta a otros nuevos.

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