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martes, 22 de diciembre de 2009

PRÓLOGO DE "LUCES EN LAS MINAS DE ASTURIAS: CANDILES DE SAPO" (1) por Pedro Fandos Rodriguez




HÁGASE JUSTICIA AL CANDIL DE MINA

Cuando el 1º de Diciembre de 1550 George Bauer, “Agrícola”, dedicaba los doce libros de su “De Re Metallica” al Duque de Sajonia y a otros grandes del país de los teutones, es posible que su secreta pero sana ambición fuera que la obra constituyera la Biblia de la minería para los siglos venideros, no en vano declara que “he escrito estos doce libros ... ya que ningún otro autor ha escrito de este arte en toda su extensión”. Cabe valorar la perpetuidad que soñaba el bueno de Agrícola, cuando iniciaba su obra reconociendo que el arte de la minería constituye un todo “al igual que Moderatus Columella consideró el arte de la agricultura”. Dado que el hispano-romano Lucius Junius Moderatus Columella, natural de Cádiz, había escrito su “De Re Rustica”, también en12 libros, quinientos años atrás, allá por el siglo I de la era Cristiana, nos es lícito sospechar que al teutón le animaba, efectivamente, alguna dosis de esa vanidad que, bien encauzada, ha permitido grandes obras de la humanidad. No obstante, se olvida el padre de la mineralogía de citar la entonces ya famosa obra "De la pirotecnia” que diez años antes había publicado el italo-sienés Vannoccio Biringuccio. Como para desfacer entuertos hay siempre un caballero español, en 1569 Bernardo Pérez de Vargas publicaría “De Re Metalica, en el cual se tratan muchos y diversos secretos del conocimiento de toda suerte de minerales, de cómo se deben bus­car, ensayar y beneficiar, con otros secretos e industrias notables, así para los que tratan los oficios de oro, plata, cobre, estaño, plomo, acero, hierro, y otros metales, como para muchas personas curiosas. Según Calvo Rebollar (1), el español explica desde el propio prólogo que su objetivo fundamental era “desbaratar la tiranía de los artífices y maestros que sus secretos encubren astutamente”. Consecuente con ello, Pérez de Vargas compone un libro de carácter fundamentalmente práctico, a partir de informaciones recopiladas de “grandes escrituras y de conversación de muchos sabios artífices”. Las grandes escrituras son, por supuesto, los dos libros publicados anteriormente y que acabamos de mencionar. Cita así al vienés y al germano cada vez que le sirven como fuente de información por lo que es injusto y totalmente erróneo –afirmamos con Calvo Rebollar- considerarlo, como ha hecho algún autor anglosajón, una "traducción pirata" del libro de Biringuccio. Con todo, la obra de Agrícola, disculpada su capitalización de las fuentes, habría de convertirse en el vademécum de la minería en los tres siglos siguientes. Su medio millar de páginas, sus casi tres centenares de grabados y su minuciosa descripción de todos los procedimientos y de todos los instrumentos de la mina y lo minero, así lo justifican. ¿De todos los procedimientos y de todos los instrumentos?. No, de todos no. Un pequeño detalle está ausente en la voluminosa obra: la iluminación de los mineros.

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(1). “Bibliografía fundamental de la antigua mineralogía y minería españolas”. Miguel Calvo Rebollar, 1999.


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