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jueves, 9 de diciembre de 2010

DESDE LA UNIÓN (MURCIA). ROGELIO: HIJO DE MINERO, COLECCIONISTA DE LÁMPARAS, AMIGO Y AHORA CIUDADANO HONORARIO (2)

Pasada una corta estancia en Galicia y tras yo venir al mundo en el pueblo de Camariñas en una humilde cuadra, donde según contara mi madre, como mobiliario tan solo había un catre y un baúl que además hacia de mesa; también decía que el día que yo nací en aquella cuadra que por caridad les dejaron, había un palmo de agua en el suelo y las ratas campaban a sus anchas por todas partes. En tan pobre situación subsistimos gracias a la bondad de una rica señora del pueblo dueña de la fabrica de Conservas Cerdeira, que compadecida de nuestra precaria situación de desamparo y hambre mandaba a la criada cada día con una olla de guiso.

También junto a nosotros en aquella cuadra vivía un pequeño cerdo, el cual fue criado y vendido “primal” (previo a su engorde) y con aquel dinero en 1942 la pareja, con este niño, regresan a La Unión donde mi padre, durante 15 años, trabajó de minero de interior en inhumanas condiciones.

La etapa de posguerra fue dura y, al igual que la mayoría de los niños de mi generación, teníamos que hacer como los animales: salir de la casa y buscar la forma de subsistir casi por si solos, bien cogiendo leña por los montes, higos, matas comestibles, yendo a la lonja a descargar los carros de frutas y verduras para obtener algún obsequio del agricultor; también buscando trapos, alpargatas rotas y chatarra, e incluso “catalinas” (mierdas secas) para vender en las chatarrerías. La recompensa era poder meter algo en la barriga y, a ser posible, dar a nuestra madre algunos céntimos, mejor una peseta, con la que poder poner algo en el puchero. Los niños por entonces, visitábamos las minas con frecuencia, a fin de llevar a nuestros padres la única comida caliente que se hacia al medio día.

Posiblemente mi destino, al igual que pasó con otros muchos niños de mi tiempo, hubiera sido la mina; pero tuve la suerte de que mi padre con escasos conocimientos de arreglo de calzado, simultaneaba el oficio de zapatero con el de minero, haciendo yo también trabajos de zapatero desde la edad de siete años. Con el tiempo esa profesión de mi padre y la venta ambulante de calzado acabaron posibilitando que él pudiera salirse de la mina y que sus dos hijos varones no la pisáramos.

Siempre me crié enclenque y flacucho, y durante mi infancia tomé mucho hígado de bacalao e inyecciones de calcio y vitaminas (era lo que entonces mandaban los médicos), pero mi estado físico era tan calamitoso, que los niños, que siempre aunque sea de forma cruel dicen la verdad, me llamaban en plan burlón: “El Cara muerto”.

Mi escuela fue poca, aunque puedo presumir de que durante un corto tiempo asistí como alumno al Asilo de Huérfanas de Mineros de La Unión, recibiendo lecciones de la Hermana Felisa y de otras, pero el poco dinero que se pagaba por aquella escolaridad era algo fuera de las posibilidades de mi familia, por lo que me sacaron de allí. Después asistí a las Escuelas Graduadas con los entrañables profesores: Don Pelayo, Don José Barbera, Don Andrés Martines y Don Asensio Sáez, saliendo sabiendo leer y escribir, las cuatro reglas y poco más. Mi madre siempre se lamentaba de no haber podido darme estudios, porque según ella “yo era muy listo”. ¡Cosas de las madres! Posteriormente, con 16 años de edad, tomé lecciones de acordeón.

Emulando a un plató de TV y de los “programas rosa”, ante todos ustedes diré, que llevo 48 años felizmente casado, pues contraje matrimonio a los 21 años de edad con una guapa cartagenera, a la que sigo viendo tan bonita como antaño. ¡Gracias por todo Carmen!

Había cumplido 26 años y ella 21 cuando ya éramos padres de una familia numerosa de cinco hijos. Según las gentes, aquello de los muchos hijos en las familias sucedía “por la ausencia de televisión…”

Hasta la edad de 25 años trabajé como zapatero remendón en el pueblo; pero otro imprevisto en mi camino (el destino, azar, qué se yo..,) hizo que conociera al cura D. Andrés Valero, perteneciente al llamado grupo de curas obreros y párroco de El Garbanzal, que con su ejemplo de vida cristina creó en esta parroquia una comunidad viva, participante y militante. Recuerdo el primer día que fui a Misa en esa Iglesia, a fin de llevar un donativo por el bautizo de mi hija mayor Paquita. Durante el sermón D. Andrés estuvo contando el drama vivido días antes, donde él bajó al fondo de la mina colgado en el pozo como un minero más, para dar la extremaunción a un obrero muerto. La descripción era desgarradora y la Iglesia era un mar de llanto. ¡Un espectáculo indescriptible!

Pronto me integré en los grupos de la Hermandad Obrera de Acción Católica HOAC, aceptando compromisos de actuación y solidaridad a favor de los pobres y oprimidos. Allí escuché por primera vez la denominación “proletarios y burgueses”. Los jóvenes de entonces no sabíamos nada de política ni nada de lo pasado, pues ni padres ni abuelos ni nadie hablaban de esas cosas, debido al miedo por la represión vivida tras la guerra.

Así, un pequeño grupo de obreros miembros de la parroquia del Garbanzal participamos apoyando algunas luchas obreras, como la Huelga de mineros en mina Brunita o el cierre de la empresa Monte Soria (antes MINESCASA), en la que toda la plantilla de mineros fue abandonada a su suerte y despedida, incluidos un gran número de silicosos, etc., en la que se realizaron una gran resistencia encerrándose en las instalaciones de la mina, despertando bastante solidaridad con apoyos de otras empresas con recogida de dinero en múltiples colectas. En estas acciones tuve la suerte de tener como compañeros a Abraham Caballero, a Juan “El Menuo de Roche” y otros mas, todos mineros muy valientes y solidarios, de los que de su ejemplo mucho aprendí.

Sigue…
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