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viernes, 15 de junio de 2012

El Comandante Minero va a la guerra de Marruecos

Foto gentileza de José Luis Gómez

Nadie vio con extrañeza que anduviésemos más agarrados que nunca los que teníamos moza, pues las formas en el pueblo se cumplían a rajatabla.
Teníamos una ley no impuesta por nadie, pero que todos respetaban; de lo contrario, los adjetivos que caían sobre la moza y su familia eran temibles. En el pueblo había quien sufría con nosotros en esta despedida y quien celebraba que nos fuésemos. Lo que para unos era blanco, para otros era negro.
Nos concentramos todos delante del Palacio de Abajo y entonces fueron muchos los que decidieron acompañarnos en el trayecto, lo hicieron sobre todo nuestras novias y los familiares más allegados. Yo pedí a mis hermanos que no bajasen. Todos llegaron hasta El Pedroso. Julia también vino. Apuramos todo el tiempo que pudimos estar juntos. Yo la llevaba cogida de mi mano.
Llegó el momento de continuar el camino, pero sólo en compañía de los que íbamos a coger el tren en la estación de Ujo. Nos dimos el último beso. Entonces, cogiendo mi mano, la puso sobre su tripita y me desveló su secreto. Dijo:
-¡Tu hijo y yo te esperamos!
-¡Vuelve pronto!
Me entraron ganas de llorar. Solo acerté a contestar:
-¡Te quiero! ¡No os olvidaré!
Noqueado por la noticia, no escuchaba que desde lejos me llamaban a voces los compañeros:
-¡Vamos, Damián, que vas a perder el tren!
Tuve que echar a correr para alcanzarlos. Cuando llegué donde iba el grupo, miré hacia atrás y vi que todos habían emprendido el regreso.
Aún permanecía allí. Su silueta a contraluz contrastaba con el entorno; entonces levantó la mano para decirme adiós. No pude aguantar más la fuerza emocional de ese momento y mis lágrimas afloraron de mis ojos y descendieron por mis mejillas…
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